Él se aclaró la garganta.
—Escuché hablar de este lugar. No pensé que era… así.
—No pensaste en él nunca —respondió ella, sin dureza, pero sin suavizar la verdad.
Ricardo desvió la mirada hacia el huerto.
—Las cosas cambiaron. La casa fue más costosa de mantener de lo que imaginé. El coche… los gastos… Bueno, pensé que tal vez podríamos hablar. Arreglar algo.
Clara comprendió entonces que venía a buscar no solo ayuda. Venía a buscar una versión antigua de ella. La mujer que todavía se dejaba convencer. La que confundía costumbre con amor. La que no sabía vivir sin pedir permiso.
Pero esa mujer ya no estaba.
Clara avanzó un paso, lo suficiente para quedar entre él y la puerta de la cabaña.
—Tú ya arreglaste todo, ¿recuerdas? —dijo con calma.
Él frunció el ceño.
—Eso fue distinto.
—No. Fue exactamente lo mismo.
Ricardo guardó silencio.
Clara apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Te llevaste la casa, el coche, los ahorros. Y creíste que eso era todo.
Él la miró por fin, desconcertado.
—¿No lo era?
Clara negó despacio.
—Te llevaste lo que podías ver. Pero olvidaste lo único que nunca fue tuyo.
Ricardo siguió la dirección de su mirada: la cabaña, el huerto, la mesa llena de frascos, la vida reconstruida.
Y entonces entendió.