Su marido se llevó la casa, el coche y la cuenta bancaria, pero se olvidó de la pequeña casa de madera que su madre le había dejado.

Más pequeña de lo que la recordaba, con la madera oscurecida por el tiempo, el porche inclinado y una ventana rota en una esquina. Pero allí estaba. No la había tragado la maleza ni la lluvia ni el abandono.

—Me esperaste —susurró Clara, sin saber si le hablaba a la casa o a la memoria de su madre.

Subió los escalones con cuidado. La cerradura se resistió. Por un instante temió que la llave ya no sirviera, que también eso le hubiera sido arrebatado por los años. Pero después de un giro duro y un pequeño chasquido, la puerta cedió.

Dentro olía a madera vieja, polvo y tiempo detenido.

Había muebles cubiertos con sábanas amarillentas, una mesa, una chimenea de piedra, libros en los estantes y, al fondo, la habitación donde su madre dormía cuando el mundo todavía parecía sencillo. Clara recorrió el lugar tocándolo todo con la yema de los dedos, como quien despierta una vida enterrada.

En el cuarto encontró un baúl.

Se arrodilló despacio y lo abrió.

Parte 2…

No había joyas ni dinero ni objetos de valor. Había cuadernos. Docenas. Todos llenos con la letra firme de su madre. Recetas de mermeladas, remedios con hierbas, notas sobre cultivos, conservas, pan, ungüentos, formas de aprovechar frutos silvestres. Y, entre ellos, un sobre grueso con su nombre: Para Clara, cuando lo necesite de verdad.

Le temblaron las manos al abrirlo.