Su marido se llevó la casa, el coche y la cuenta bancaria, pero se olvidó de la pequeña casa de madera que su madre le había dejado.

—Eso no está bien, Ricardo —dijo ella, con una voz más baja de lo que imaginaba.

Él ni siquiera la miró de inmediato.

—Ya está hecho, Clara.

Ella volvió la vista hacia la puerta abierta. En la pared se veía aún la marca más clara donde por décadas había colgado la foto de su boda. En el barandal seguían las muescas de la madera que Ricardo había instalado el verano en que nació su hijo. Todo estaba allí y, al mismo tiempo, ya no le pertenecía.

—¿Y la casa? —preguntó.

—Legalmente es mía. El juez fue claro.

Junto a la banqueta había dos maletas. Dos maletas para resumir casi medio siglo. Clara las miró y sintió una punzada tan honda que ni siquiera pudo llorar.

—¿Eso es todo lo que me toca?

Ricardo soltó un suspiro impaciente.

—Eso fue lo asignado. Lo demás fue comprado bajo mi nombre.

Clara buscó en su rostro algo, cualquier cosa: vergüenza, duda, humanidad. Pero no encontró nada. Solo una calma seca, administrativa, como si no estuviera terminando una historia de amor, sino cerrando una cuenta vieja.

—Cuarenta y ocho años —murmuró ella—. ¿Y así acaba todo?

Ricardo se acomodó el puño de la camisa.

—Vas a estar bien. Hay lugares donde pueden recibirte.

La palabra le cayó encima como una piedra.

Lugares. No hogar. No opciones. Lugares donde poner a una mujer vieja que ya no estorbara.

—No necesito que me guarden en ninguna parte —respondió.