“Solo me casé con él para escapar de la trampa de mi familia. Un desconocido. Un don nadie. O eso creía. Pero la noche en que mi ex se burló: ‘Siempre serás la chica que nadie quiso’, mi esposo de matrimonio relámpago dio un paso al frente, con la voz helada: ‘Repítelo otra vez, y enterraré a toda tu empresa’. Fue entonces cuando descubrí que el hombre que dormía a mi lado no era pobre en absoluto: era el multimillonario al que todos temían. Y yo acababa de convertirme en su esposa.”

Así que fui.

En la gala, Daniel sonrió como un hombre que creía haber ganado de antemano. Levantó su copa y dijo lo bastante alto para que media sala lo oyera:
“Ava siempre ha sido impulsiva. Pero siempre será la chica que nadie quiso de verdad”.

Antes de que pudiera moverme, Ethan se colocó delante de mí.

Su rostro se volvió frío. Su voz descendió, baja y letal.

“Repítelo”, dijo, “y enterraré a toda tu empresa”.

Y la sala quedó en silencio.

Parte 2

Durante un segundo sofocante, nadie se movió.

Daniel soltó una risa breve, esa clase de risa que usan los hombres cuando se dan cuenta demasiado tarde de que eligieron la pelea equivocada pero se niegan a retroceder.
“¿Tú?”, dijo, recorriendo a Ethan de arriba abajo con la mirada. “¿Y se supone que quién eres exactamente?”

Ethan metió la mano en su chaqueta, no en busca de un arma ni de dramatismo, sino de un teléfono. Escribió un solo mensaje, bloqueó la pantalla y volvió a guardarlo en el bolsillo. Después miró a Daniel con la calma de alguien que estuviera comentando el clima.

“Pregúntale a tu director financiero por qué tus cuentas de Singapur fueron marcadas esta mañana”, dijo. “O por qué tu junta directiva está a punto de enterarse de la deuda que ocultaste en los informes de tus subsidiarias”.

El color desapareció del rostro de Daniel tan rápido que lo sentí en el estómago.

A nuestro alrededor, las conversaciones murieron. Mi padre miró fijamente a Ethan. La mano de mi madre se cerró con fuerza alrededor de su copa de champán. Daniel sacó su propio teléfono y observé cómo su expresión pasaba de la irritación a la incredulidad y luego al pánico puro mientras mensaje tras mensaje iluminaba la pantalla.