No me preguntó qué coche manejaba.
Me preguntó por qué decidí invertir en salud rural.
Y por primera vez en muchos años… no sentí que estuviera siendo evaluado por mi billetera.
Mi nombre es Santiago Navarro.
Aprendí que ocultar el poder puede revelar verdades.
Pero vivir eternamente escondido también es una forma de miedo.
Hoy sigo siendo dueño de Navarro Global.
Sigo visitando el corporativo sin escoltas de vez en cuando.
Y a veces, cuando paso por el lobby, tomo el trapeador unos minutos.
No porque necesite probar nada.
Sino para recordarme algo simple:
El valor de un hombre no está en cuánto posee.
Sino en cómo trata a quienes no poseen nada.
Y el amor verdadero…
no teme la humildad.