Vestía uniforme azul marino.
Empujaba un carrito de limpieza.
Caminaba por el edificio con la cabeza baja.
Y la gente me trataba exactamente como el mundo trata a los hombres que considera insignificantes.
Me ignoraban.
Se burlaban.
Pasaban por encima de mí como si no existiera.
Hablaban de mí como si yo no pudiera escuchar.
Al principio, Valeria me trataba bien.
Me llevaba comida al descanso.
Me tomaba de la mano en el estacionamiento.
Me decía que era un buen hombre.
Y cuando le contaba que estaba ahorrando para algún día abrir un pequeño negocio propio, sonreía y decía que confiaba en mí.
Pero algo cambió después de que la ascendieron…
El nuevo puesto vino con un despacho con vista a la ciudad, viajes ejecutivos y acceso directo a los vicepresidentes. También vino con nuevas amistades. Gente que hablaba de inversiones, de coches europeos, de “código de vestimenta adecuado al nivel”.
Y poco a poco, empezó a mirarme distinto.
Al principio fueron comentarios disfrazados de preocupación.
—Santi, ¿no has pensado en buscar algo mejor?
—No puedes quedarte limpiando pisos toda la vida…
Luego se volvieron bromas frente a sus compañeros.
—Ay, mi esposo es conserje, pero es buenísimo trapeando —decía entre risas incómodas.
Yo sonreía.
Observaba.
Esperaba.
No por venganza.
Sino por claridad.
Quería saber si el amor que juró en San Miguel de Allende era real… o si solo tenía fecha de caducidad.
Y entonces llegó la mañana del divorcio.
Después de que me entregó los papeles y salió del departamento con la cabeza en alto, llamé a mi asistente personal.
—Activa la junta general. Hoy.