Entonces me dijo algo que me rompió por dentro.
—Mamá… no solo me pegó a mí.
Sentí un frío brutal recorrerme la espalda.
—¿Qué quieres decir?
Valeria cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, parecían los de una mujer al borde de un precipicio.
—Hace tres días empujó a Mateo.
El mundo se detuvo.
Mateo.
Mi nieto de seis años.
—¿Qué? —dije, y mi propia voz me sonó irreconocible.
Rodrigo palideció de una forma distinta esta vez.
La del verdadero pánico.
—Fue un accidente —dijo demasiado rápido—. El niño se atravesó.
Valeria negó con la cabeza.
—No. Lo empujaste porque intentó abrazarme cuando estabas gritando. Se golpeó con la esquina del mueble. Tiene un moretón en la espalda.
Creo que en ese instante dejé de verlo como un agresor.
Y empecé a verlo como una amenaza urgente.
Para mi hija.
Para mi nieto.
Para cualquiera que siguiera respirando cerca de él.
—¿Dónde está Mateo? —pregunté.
—Con la niñera —respondió Valeria, temblando—. Yo no quería traerlo esta noche.
Gracias a Dios.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
Volví a marcar.
Esta vez no a la fiscal.
Esta vez a una magistrada amiga mía que, además de brillante, tenía acceso inmediato a juzgados de guardia para medidas de protección.
Contestó enseguida.
No di rodeos.
—Necesito apoyo para medidas urgentes. Hay menor posiblemente víctima indirecta y mujer agredida con riesgo alto.
Mientras hablaba, Rodrigo intentó retroceder.
Seguridad volvió a cerrarle el paso.
Ahora sí se veía acorralado.
—Se están volviendo locas —dijo—. Nadie puede probar lo del niño.
Valeria se puso de pie.
Le temblaban las piernas.
Pero no retrocedió.
—Yo lo pruebo.
Rodrigo la miró con odio puro.