“¡SI VUELVES A TOCARLA, TE JURO QUE ESTA CENA SERÁ LO ÚLTIMO ELEGANTE QUE VEAS ANTES DE SENTARTE FRENTE A UN JUEZ!”

El gerente del restaurante ya se había acercado, nervioso. Detrás de él venían dos meseros y una mujer del equipo de seguridad.

—Disculpen, señores… ¿todo está bien? —preguntó.

—No —respondí sin apartar la vista de Rodrigo—. Esta mujer acaba de ser agredida por su esposo frente a media sala. Necesito los videos de seguridad y los datos del personal que presenció el hecho.

El gerente palideció.

Rodrigo se volvió hacia él.

—No entregue nada. Esto es un asunto privado.

Yo metí la mano al bolso y saqué mi identificación vieja del Poder Judicial. Ya no estaba en funciones, pero el nombre seguía pesando.

La mostré apenas un segundo.

Fue suficiente.

—Honorable Jueza Isabel Navarro, retirada —leyó el gerente, tragando saliva.

Rodrigo abrió la boca.

Don Ernesto también.

Y por fin entendieron.

No era una vieja temblorosa.

No era la suegra fácil de callar.

Era una mujer que había pasado décadas escuchando mentirosos pulidos, agresores con corbata y patriarcas convencidos de que el dinero podía torcer la ley.

—Usted… —murmuró Don Ernesto—. ¿Usted es esa Isabel Navarro?

—La misma.

El color le abandonó la cara.

Al parecer sí había oído hablar de mí.

Eso me dio una certeza casi amarga: hombres como él siempre conocen el nombre de la mujer que puede destruirles la impunidad.

La fiscal seguía en la línea.

—Envío una patrulla y personal de atención inmediata —me dijo—. No deje que se retiren.

—No se irán —respondí.

Rodrigo soltó una risa breve, nerviosa, vacía.

—Esto es ridículo. ¿Van a arrestarme por discutir con mi esposa? Mi padre puede llamar a medio gabinete.

—Llame a quien quiera —dije—. Pero mientras espera respuesta, haré algo que conozco muy bien: empezaré por preguntarle a la víctima si desea denunciar.

Giré hacia Valeria.

Ella estaba pálida.