—Mire, doña Isabel, no convierta esto en un escándalo. Usted no entiende cómo funciona un matrimonio.
Lo miré.
Por primera vez en toda la noche, sin el disfraz de la cordialidad.
—¿No entiendo? —pregunté en voz baja—. Pasé cuarenta años escuchando a hombres como usted decir exactamente eso antes de ser procesados.
Él frunció el ceño.
Rodrigo me observó con más atención.
Yo ya había sacado el teléfono.
No era teatro.
No era amenaza vacía.
Era procedimiento.
Primero marqué a una fiscal que aún trabajaba en la unidad especializada en violencia familiar en Ciudad de México. Habíamos coincidido años atrás cuando ella apenas empezaba como secretaria de acuerdos. Hoy era una de las mujeres más implacables que conocía.
Contestó al segundo tono.
—Licenciada Serrano —dije con calma—. Soy Isabel Navarro. Estoy en Polanco. Tengo una víctima de violencia familiar conmigo. La agresión ocurrió hace menos de un minuto, en un restaurante lleno de testigos.
El rostro de Rodrigo se descompuso.
Don Ernesto dejó de parecer ofendido.
Ahora parecía alarmado.
—Espere, espere —interrumpió Rodrigo—. No puede hacer eso sin hablar con nosotros.
Lo miré como si fuera un expediente más sobre mi escritorio.
—Acaba de jalar del cabello a su esposa en público. Hay testigos. Hay antecedentes. Hay lesiones visibles. Ya hablé.
Valeria levantó la vista, confundida.
—¿Antecedentes? —susurró.