“Sí, eres muy hermosa, ponte tu vestido de novia y cásate conmigo…”, le dijo el hombre rico a la mendiga.

Alejandro entendió que no iba a contarle más, así que cambió de tema.

—¿Sabe hacer algo además de sobrevivir?

Lupita levantó la vista, casi ofendida.

—Fui maestra de literatura en una preparatoria privada.

Aquello lo sorprendió.

—Entonces tengo una propuesta. Mi hija, Camila, tiene dieciséis años. Es brillante para casi todo, excepto para español y literatura. Necesita clases particulares. Si acepta, puede trabajar con nosotros.

—Señor… no tengo documentos, no tengo referencias, no tengo dónde vivir.

—Tengo una casa de huéspedes en mi propiedad, en Polanco. Puede quedarse ahí mientras trabaja. Y lo de los documentos, lo resolvemos.

Lupita se quedó mirándolo como si temiera que todo fuera una trampa.

—¿Por qué insiste?

—Porque cuando la vi ayer pensé que el mundo había sido demasiado cruel con usted. Y porque creo que todavía puede levantarse.

Los ojos de Lupita se llenaron de lágrimas.

—No sé si merezco tanta bondad.

—Eso no lo decide usted ahora —respondió Alejandro—. Solo diga si acepta.

Lupita asintió.

—Acepto. Pero quiero salario. No quiero caridad.

Alejandro sonrió por primera vez en días.

—Trato hecho.

La casa de Alejandro era grande, elegante y silenciosa. Demasiado silenciosa. Camila apareció esa tarde con el uniforme del colegio, una coleta alta y la expresión de quien ya estaba cansada de que su padre le organizara la vida.

—¿Tú eres la nueva maestra? —preguntó sin disimulo.

—Soy Guadalupe. Pero puedes decirme Lupita.

Camila la estudió con curiosidad.

—Mi papá dijo que eres especial. Eso normalmente significa que debo portarme bien.

Lupita soltó una risa involuntaria. Y ese pequeño gesto desarmó a la adolescente.

La primera clase fue una sorpresa para ambas. Camila odiaba leer porque, según ella, “los maestros arruinaban los libros explicando demasiado”. Pero Lupita no empezó con fechas ni biografías. Empezó preguntándole por el dolor, por los celos, por la culpa, por la soledad. Le habló de Pedro Páramo como si fuera una historia viva, no un cadáver de biblioteca.

Cuando la hora terminó, Camila cerró el libro con desilusión.