—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.

—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.

La neblina subía desde la tierra como si el campo exhalara almas antiguas.

Era una noche fría de finales del siglo XIX, en las afueras de Zacatecas, cuando los caminos de terracería parecían no terminar nunca y cada rancho vivía encerrado en su propio silencio. A esas horas nadie andaba por ahí, y menos hacia la hacienda de Elena Robles, una mujer sola que sostenía con terquedad las tierras que sus padres le dejaron.

Elena alzó la lámpara de aceite cuando oyó pasos acercándose por el sendero.

Su corazón se tensó.

Una mujer sin marido, viviendo apartada, aprendía pronto a desconfiar de cualquier sombra nocturna. Aguzó el oído. No era el paso rápido de un ladrón ni el trote de un jinete. Era el andar cansado de alguien que ya no podía dar un paso más.