—No se atreva a hablar así.
—¿Y tú quién eres? —escupió Eusebio—. Un aparecido sin tierras, sin apellido que valga, sin nada que ofrecer. ¿Cómo sabemos que no vienes por el rancho?
—Porque yo lo invité —dijo Elena, encendida—. Porque ha trabajado estas tierras más que cualquiera de ustedes en toda su vida.
Pero el licenciado ya sacaba documentos.
—Si no aceptan que la familia asuma la administración, esto se va al juzgado.
Cuando los hombres se fueron, Elena se desplomó en una silla.
—La ley puede ponerse de su lado —susurró—. En este país, una mujer sola casi nunca gana.
Tomás le tomó las manos.
—Entonces pelearemos.
Y pelearon.
Recorrieron ranchos vecinos pidiendo testimonios. Doña Candelaria fue la primera en firmar. Luego el señor Jacinto, luego don Laureano, luego media comarca entera, todos dispuestos a declarar que Elena había sostenido las tierras sola durante años y que Tomás había llegado a trabajar, no a aprovecharse.
El abogado del pueblo aceptó representarlos a cambio de pago futuro.
—Será difícil —advirtió—. Pero si el juez ve que la hacienda produce y que el compromiso entre ustedes es verdadero, tenemos oportunidad.
Tres días antes de la audiencia, bajo una lluvia fina que convertía el patio en barro, Tomás encontró a Elena en la cocina preparando café.
Ella lo miró, los ojos brillantes pero serenos.
—Estoy feliz —confesó de pronto—. ¿Sabes por qué? Porque por primera vez en mucho tiempo, ya no estoy sola.
La honestidad de esas palabras le arrancó a Tomás el último resto de cobardía.
Se acercó despacio. Dejó la toalla en la mesa.
—Yo tampoco busqué esto —dijo—. Solo buscaba un techo para mis hijos. Y terminé encontrando una razón para volver a vivir.
Le rozó el rostro con una delicadeza que parecía oración.
—Te amo, Elena.
Las lágrimas acudieron a los ojos de ella.
—Yo también te amo.
Tomás la besó con el cuidado de quien teme romper algo sagrado.
Y en medio de la lluvia, del olor a café y de la incertidumbre, Elena sintió que la vida, por fin, empezaba de nuevo.
La audiencia fue en la cabecera municipal, en una sala pequeña y sofocante.
El juez escuchó a ambas partes. Oyó a los vecinos, revisó papeles, escuchó cómo Eusebio insistía en la incapacidad de una mujer para sostener una propiedad grande. Luego escuchó a Elena ponerse de pie y hablar con la firmeza que llevaba años cultivando en silencio.
—He trabajado estas tierras con mis propias manos. No voy a perderlas porque a algunos hombres les moleste que una mujer sea dueña de lo suyo. Y sí, voy a casarme con Tomás. No por conveniencia. Por amor. Si la ley necesita un marido para respetar mi derecho, entonces que quede claro: él no viene a quitarme nada. Viene a construir conmigo.
Cuando terminó, no había un solo ruido en la sala.
El juez limpió sus lentes con lentitud, pensó un momento y dijo:
—No abriré proceso. La propiedad queda reconocida a favor de la señorita Elena Robles, y tras su matrimonio, de la sociedad conyugal que libremente constituya. Este tribunal no protegerá ambiciones disfrazadas de tutela familiar.
Eusebio palideció.