—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.

—Yo también te amo.

Tomás la besó con el cuidado de quien teme romper algo sagrado.

Y en medio de la lluvia, del olor a café y de la incertidumbre, Elena sintió que la vida, por fin, empezaba de nuevo.

La audiencia fue en la cabecera municipal, en una sala pequeña y sofocante.

El juez escuchó a ambas partes. Oyó a los vecinos, revisó papeles, escuchó cómo Eusebio insistía en la incapacidad de una mujer para sostener una propiedad grande. Luego escuchó a Elena ponerse de pie y hablar con la firmeza que llevaba años cultivando en silencio.

—He trabajado estas tierras con mis propias manos. No voy a perderlas porque a algunos hombres les moleste que una mujer sea dueña de lo suyo. Y sí, voy a casarme con Tomás. No por conveniencia. Por amor. Si la ley necesita un marido para respetar mi derecho, entonces que quede claro: él no viene a quitarme nada. Viene a construir conmigo.

Cuando terminó, no había un solo ruido en la sala.

El juez limpió sus lentes con lentitud, pensó un momento y dijo:

—No abriré proceso. La propiedad queda reconocida a favor de la señorita Elena Robles, y tras su matrimonio, de la sociedad conyugal que libremente constituya. Este tribunal no protegerá ambiciones disfrazadas de tutela familiar.

Eusebio palideció.

Elena se echó a llorar.

Tomás la sostuvo entre sus brazos al salir del juzgado, mientras los vecinos los rodeaban entre palmadas y bendiciones.

Tres días después, bajo un cielo azul limpio y en la pequeña capilla del pueblo, Elena y Tomás se casaron.

Ella llevaba un vestido sencillo que había sido de su madre. Él, un traje prestado y la sonrisa luminosa de un hombre que había encontrado al fin su lugar en el mundo. Mateo y Gael, ya gorditos y fuertes, iban en brazos de doña Candelaria, balbuceando como si supieran que algo importante estaba ocurriendo.

Cuando el padre les pidió los votos, Tomás tomó las manos de Elena y dijo:

—La noche que toqué tu puerta, yo estaba perdido. Tú me diste techo, pero me diste mucho más. Me devolviste la esperanza, la dignidad y la alegría de despertar. Prometo pasar mi vida entera honrando lo que hoy me das.

Elena lloró sonriendo.