Pero sobre todo, Marcos conocía a Elena Vázquez. Había sido él quien la había conocido 6 meses antes, cuando ella había contactado a la compañía a través de sus abogados para expresar interés en la adquisición. Había sido él quien se había quedado asombrado cuando descubrió que la multimillonaria, que estaba salvando 2000 puestos de trabajo, era una mujer de 32 años que se había presentado a la primera reunión en Vaqueros y con una mochila a la espalda. Había sido él quien le había prometido que mantendría su anonimato, que nadie en la compañía sabría quién era la verdadera propietaria.
Y ahora, mientras corría hacia primera clase, Marcos se dio cuenta de que esa promesa estaba a punto de romperse de la manera más desastrosa posible. Llegó justo cuando Alejandro estaba amenazando con llamar a seguridad. Se abrió paso entre los otros pasajeros, ignorando las miradas curiosas, y se posicionó entre el comandante y Elena. Alejandro lo reconoció inmediatamente y su confusión fue evidente. Le preguntó a Marcos qué hacía allí. No sabía que estuviera en el vuelo. Marcos ignoró la pregunta y se dirigió en cambio a Elena, preguntándole si estaba bien, si necesitaba algo.
Victoria, que hasta ese momento había permanecido en silencio disfrutando del espectáculo, intervino con voz estridente. Dijo que no entendía qué estaba pasando, que su marido era el comandante y que esa mujer tenía que trasladarse y punto, que no era tan complicado. Marcos se volvió hacia ella. con una expresión que el heló la sangre en las venas de Alejandro. No era la expresión de un empleado que habla con la esposa del comandante, era la expresión de alguien que está a punto de revelar una verdad devastadora.
Se dirigió a Alejandro con voz calmada pero firme. Le dijo que había habido un terrible malentendido y que debería informarle de algo antes de que la situación empeorara aún más. La mujer que estaba intentando echar de su asiento era Elena Vázquez, la propietaria de la aerolínea de ese avión específico y técnicamente también de su salario. El silencio que siguió fue tan profundo que se podía oír el zumbido de los motores del avión todavía en tierra. Alejandro palideció visiblemente, su rostro pasando del rojo de la irritación al blanco del miedo en pocos segundos.