Padre soltero perdió el trabajo por ayudar a una anciana… sin imaginar que su nieta era millonaria…

Las calles se volvían más estrechas, las casas más sencillas, pero había algo en ese lugar que le resultaba extrañamente reconfortante. Aquí la gente se saludaba al pasar. Los niños jugaban en las veredas. La vida parecía fluir con una autenticidad que su propio barrio había perdido hacía mucho tiempo. Encontró la dirección que le habían dado. Era un edificio de apartamentos de tres pisos. con paredes que necesitaban mantenimiento, pero que estaban decoradas con macetas llenas de flores. Antes de que pudiera tocar el timbre, una mujer mayor salió del edificio.

“¿Buscas a alguien, hija?” “Sí, estoy buscando a Luis. ¿Sabe si está en casa?” Doña Carmen la miró con curiosidad. No era común ver a alguien vestido así en su barrio, pero había algo genuino en los ojos de esa joven. Luis salió temprano esta mañana a buscar trabajo. No sé a qué hora regresará. ¿Eres amiga suya? Sí. Bueno, nos conocimos hace unos días. Quería hablar con él sobre algo importante. Ese muchacho está pasando por momentos difíciles. Perdió su trabajo hace poco, ¿sabes?

Y él es tan bueno, tan trabajador. La vida a veces es injusta con las personas que menos lo merecen. Patricia sintió una punzada de culpa. Ella sabía exactamente cómo y por qué había perdido ese trabajo. Lo sé, por eso quiero hablar con él. ¿Sabe dónde podría encontrarlo? A esta hora suele estar en la plaza ayudando al padre Ramón con la distribución de alimentos. Ve hacia allá, seguro lo encuentras. Patricia agradeció y caminó hacia la plaza. Con cada paso se sentía más fuera de lugar, pero al mismo tiempo más viva que en meses.

Aquí no había pretensiones, no había máscaras sociales, no había guiones preestablecidos sobre cómo debía actuar o qué debía decir. Cuando llegó a la iglesia, lo vio inmediatamente. Luis estaba ayudando a cargar cajas de alimentos en una camioneta. Su rostro mostraba cansancio, pero también una determinación que ella reconocía y admiraba. Luis llamó con voz suave. Él se volvió y al verla casi deja caer la caja que sostenía. La sorpresa en su rostro era evidente, mezclada con algo que podría ser alegría o quizás vergüenza.

Patricia, ¿qué haces aquí? Necesitaba verte. Necesitaba hablar contigo sobre lo que pasó. Luis dejó la caja en el suelo y se acercó limpiándose las manos en el pantalón. Por un momento, ninguno de los dos supo qué decir. Simplemente se miraron y en esa mirada había todo un universo de cosas no dichas. No tenías que venir hasta aquí. Yo estoy bien, mintió Luis tratando de mantener su dignidad intacta. No, no estás bien y es en parte mi culpa.