El sábado amaneció con un cielo limpio, de esos que en Guadalajara parecen recién lavados por el aire fresco de la mañana. Yo llevaba despierta desde las seis. No por nervios, sino por energía. Hacía años que no sentía esa clase de pulso interior, esa mezcla de decisión y serenidad que una tiene cuando ya ha dejado de pedir permiso. La hacienda estaba a veinte minutos de la ciudad, restaurada con gusto, con un patio de piedra, buganvillas en la entrada y un salón amplio con vigas de madera donde cabían ochenta personas sin que nadie se sintiera apretado.
No invité a ochenta. Éramos cuarenta y tres. Los justos para que se notara que aquello era una celebración y no una exhibición. Vinieron mis amigas del barrio, dos antiguas compañeras del colegio donde trabajé de administrativa, mi hermano Raúl con su esposa, una sobrina de Colima, vecinos de toda la vida y tres personas que me importaban mucho: Marta, que fue quien me acompañó al primer despacho de abogados cuando empecé a reorganizar mi patrimonio; el notario, don Ricardo Salazar, invitado a título personal porque había sido amigo de George; y el señor Hernández, presidente de la asociación con la que llevaba meses colaborando en silencio.
Fernanda y Alejandro llegaron tarde.
No una hora tarde por accidente, sino diecinueve minutos exactos, el retraso suficiente para entrar cuando todo el mundo ya estaba sentado al aperitivo y todas las miradas podían girarse hacia ellos. Fernanda apareció con un vestido color crema demasiado formal para una comida campestre. Alejandro llevaba una sonrisa de cartón. Traían una caja enorme, envuelta con un listón dorado. No me hizo falta abrirla para saber que no era un gesto de amor, sino una pieza de escena.
Mis nietas, Sofía y Emma, venían preciosas y algo confundidas. Ellas corrieron a abrazarme de verdad, y ese abrazo me sostuvo durante toda la jornada.
“Feliz cumpleaños, abuela”, dijo Sofía.
“Setenta no son tantos”, añadió Emma con la seriedad de sus nueve años.
Reí y las besé en la frente. Después saludé a sus padres con una corrección impecable.
Fernanda me apretó las manos como si fuéramos íntimas.
“Estás guapísima, Margaret. Qué maravilla todo esto.”
“No era un circo, entonces”, respondí con suavidad.
Vi cómo el color le subía desde el cuello hasta los pómulos. Alejandro carraspeó. Nadie alrededor hizo comentarios, pero varias personas lo oyeron. Mejor así.
La comida avanzó entre platillos mexicanos bien hechos, tequila moderado y conversaciones cruzadas. Yo me moví de mesa en mesa sin prisa. No quise sentar a Alejandro a mi lado. Lo puse frente a mi hermano Raúl, que siempre ha tenido la extraña habilidad de desarmar a la gente con una cortesía afilada. Fernanda quedó junto a Marta, y eso fue una pequeña obra maestra, porque Marta detectó en diez minutos cada intento de Fernanda por sacar el tema del patrimonio y la condujo, una y otra vez, hacia asuntos inocuos: colegios, tráfico, recetas, humedad en las casas antiguas.