Corrió por un pasillo estrecho y oscuro hasta dar con la puerta número 12. Estaba entreabierta. Al empujarla, el olor a humedad y encierro le golpeó el rostro. La escena que encontró en el interior del minúsculo cuarto de 4 por 4 metros lo dejó paralizado. Sobre un colchón desgastado en el piso, yacía Elena. Estaba pálida como el mármol, con los labios manchados de un rojo oscuro y seco. A su lado, el pequeño Mateo le sostenía la mano, temblando, con el rostro empapado en lágrimas y usando un suéter que le quedaba 3 tallas más grande.
—¡Señor! —gritó Mateo al verlo entrar, soltando la mano de su madre para correr a abrazarse a las piernas del millonario.
Leonardo, un hombre que jamás toleraba el contacto físico innecesario, se dejó caer de rodillas, envolviendo al niño en sus brazos mientras revisaba el pulso de su empleada. Era sumamente débil. La respiración de Elena emitía un silbido espeluznante. En ese momento, el sonido de las sirenas inundó la calle. Los paramédicos entraron corriendo, evaluaron la situación en cuestión de segundos y subieron a la mujer a la camilla.
—Está en choque severo. Necesitamos trasladarla al Hospital General de inmediato —anunció uno de los rescatistas.
Leonardo no lo dudó. Tomó a Mateo de la mano y lo subió a su automóvil para seguir de cerca a la ambulancia. Durante las siguientes 5 horas en la sala de espera del hospital, el empresario experimentó una vulnerabilidad que no conocía. Mateo no se separó de él ni un solo instante, aferrado a su costoso saco de diseñador como si fuera su único salvavidas en medio de un océano de incertidumbre.
Finalmente, un médico de rostro cansado y ojeras profundas se acercó a ellos.
—¿Usted es el familiar de la señora Elena Ramírez? —preguntó el doctor, ojeando su expediente.
—Soy su jefe. Y me haré cargo de todos los gastos médicos, sin importar el costo. ¿Qué tiene? —exigió Leonardo con firmeza.
El doctor soltó un suspiro pesado, bajando la voz para que el niño no escuchara.
—Señor, la paciente presenta un cuadro avanzado de tuberculosis pulmonar, combinado con una desnutrición severa y una anemia crítica. Pero eso no es lo peor… —el médico hizo una pausa, buscando las palabras correctas—. Al revisarla, encontramos múltiples marcas de agujas en ambos brazos. No son de drogas. La señora Ramírez ha estado vendiendo su sangre y su plasma en clínicas clandestinas de manera constante durante los últimos 8 meses. Su cuerpo simplemente colapsó por el agotamiento extremo. Se estaba vaciando para poder sobrevivir.
Leonardo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire abandonó sus pulmones. Recordó la carta que Mateo había mencionado en el teléfono. Con las manos temblorosas, le pidió al niño el papel que llevaba guardado en el bolsillo de su pantalón. Era una hoja de cuaderno arrugada, escrita con una caligrafía temblorosa: