—¿Bueno? —respondió una vocecita aguda, temblorosa y ahogada en llanto.
Leonardo frunció el ceño, desconcertado. Revisó la pantalla para asegurarse de no haberse equivocado de número. Efectivamente, decía “Elena Casa”.
—Niño, necesito hablar con Elena. Pásame a tu mamá, por favor —ordenó, intentando mantener su tono de autoridad intacto.
—Señor… por favor, no cuelgue —suplicó el niño del otro lado, sollozando con una desesperación que golpeó el pecho del empresario como un martillazo—. Mi mamá no despierta. Tiene mucha sangre en la boca y su cara está muy fría. Intenté limpiarla con un trapito, pero sigue saliendo…
El cerebro calculador de Leonardo se detuvo en seco. La furia por las ausencias injustificadas se evaporó en el aire, reemplazada por un instinto primitivo y un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
—Escúchame bien —dijo Leonardo, poniéndose de pie de un salto, olvidando por completo su postura corporativa—. ¿Cómo te llamas y cuántos años tienes?
—Me llamo Mateo… tengo 6 años, señor.
—Mateo, soy el jefe de tu mamá. Voy para allá ahora mismo. ¿Están solos? ¿Dónde está tu papá?
La respuesta del niño hizo que el silencio de la oficina se sintiera abrumador y asfixiante.
—Mi papá no vive aquí. Mi mamá dice que si él nos encuentra, nos va a hacer mucho daño… Señor, tengo mucho miedo. Mi mamá me dio una carta ayer y me dijo que se la diera a usted si un día no abría los ojos…
Leonardo tomó las llaves de su automóvil y salió corriendo hacia el elevador privado. Mientras el motor de su vehículo rugía por las avenidas de la ciudad, una opresión asfixiante se apoderó de su garganta. Nadie podría creer la pesadilla que estaba a punto de desatarse.
PARTE 2
El trayecto desde el lujo de Santa Fe hasta las calles accidentadas y polvorientas de una de las colonias más marginadas de Iztapalapa le tomó a Leonardo 45 minutos que se sintieron como una eternidad. Mientras esquivaba baches y puestos de comida callejera, su mente no dejaba de repetir las palabras del niño. Había llamado a una ambulancia en el camino, pero la angustia lo devoraba. Al llegar a la dirección indicada, estacionó su costoso automóvil frente a una vecindad en ruinas, ignorando las miradas desconfiadas de los vecinos.