Música a todo volumen con un niño enfermo. Ten cuidado, esos que sonríen tanto suelen esconder las peores intenciones. Esas palabras habían taladrado la mente de Roberto. Su hijo, Pedrito, era su única razón de vivir, pero también su mayor dolor. Un niño de un año condenado, según los mejores especialistas del país, a no tener fuerza en sus piernas.
Parálisis parcial irreversible, decía el informe médico que Roberto guardaba en la caja fuerte como una sentencia de muerte. Pedrito era de cristal. Si esa mujer lo estaba descuidando, si estaba haciendo fiestas aprovechando su ausencia, Roberto juró que no solo la despediría, la destruiría legalmente. Abrió la puerta principal con su llave maestra.
girándola despacio para evitar el click metálico. La casa lo recibió con ese olor característico a desinfectante caro y soledad. Dio el primer paso sobre el piso pulido. Silencio. Dio el segundo paso. Nada. Entonces lo escuchó. No eran los gritos de dolor que temía. Tampoco era el sonido de una televisión encendida por una empleada perezosa.
Era un sonido que no reconocía, un sonido gutural, agudo, explosivo, risas, pero no una risa cualquiera. Era una carcajada limpia, vibrante, de esas que te sacuden el cuerpo entero. Y venía de la cocina. Roberto sintió que la sangre le hervía. ¿Se está riendo de mi hijo?”, pensó apretando el maletín de cuero con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
se está burlando de su condición mientras yo no estoy. La furia lo cegó momentáneamente. Imaginó a la mujer al teléfono con algún novio, ignorando al bebé en su silla de ruedas, riéndose de la vida fácil que tenía a costa de su dinero. Caminó rápido, olvidando el sigilo. Sus zapatos de suela dura resonaron en el pasillo como martillazos de un juez dictando sentencia.
llegó al umbral de la cocina, listo para gritar, listo para echarla, listo para defender a su hijo de la negligencia. “¿Qué demonios está pasand?” La frase murió en su garganta. Roberto se detuvo en seco. El maletín se resbaló de sus dedos sudorosos y golpeó el suelo con un golpe sordo que nadie escuchó, porque la escena frente a él era tan surrealista.