Más suave.
Más honesto.
No había promesas.
No había garantías.
Pero había… una posibilidad.
Don Alejandro observaba la escena, inmóvil.
Por primera vez en su vida…
No tenía el control.
Y quizás, por primera vez…
Lo entendía.
—Valeria… —dijo, con una voz más baja, menos firme—. Podemos… hablar.
Lo miré.
Durante cinco años, imaginé ese momento.
Imaginé mil formas de responder.
De vengarme.
De hacerle sentir lo que yo había sentido.
Pero al final…
Solo dije:
—No.
Y sonreí.
No una sonrisa de victoria.
Sino de libertad.
—Ya no necesito nada de usted.
Me giré.
Tomé las manos de mis hijos.
—Vámonos.
Sebastián dudó un segundo.