Luego se levantó.
Y caminó junto a nosotros.
No como el heredero de un imperio.
Sino como un hombre que, por fin, había elegido su propio camino.
Detrás, el lujo seguía brillando.
Las luces.
Las flores.
El dinero.
Pero por primera vez…
Nada de eso importaba.
Afuera, la noche de Ciudad de México era fresca.
Viva.
Llena de ruido, de vida, de posibilidades.
Uno de los niños levantó la vista.
—¿A dónde vamos?
Lo miré.
Luego miré a Sebastián.
Y, por primera vez en mucho tiempo…
No tuve miedo de responder.
—A casa.
Y esta vez…
Era una casa que nosotros elegiríamos.
Juntos.