—¡Intentaste destruir mi matrimonio!
Se volvió hacia mí.
Sus ojos estaban llenos de culpa.
—Lo siento… yo… yo te creí culpable.
Sentí un nudo en la garganta.
—No fue solo tu culpa.
La verdad es que durante semanas yo también había sentido que todo estaba perdido.
Pero ahora, la verdad estaba frente a nosotros.
Innegable.
Alejandro respiró profundamente.
Luego dijo algo que cambió todo.
—Mamá… tienes que irte de esta casa.
Doña Carmen lo miró horrorizada.
—¿Qué?
—No puedo vivir bajo el mismo techo con alguien que haría algo así.
—¡Soy tu madre!
—Y ella es mi esposa.
El silencio fue absoluto.
Por primera vez, Alejandro estaba tomando una decisión.
Doña Carmen recogió su bolso lentamente.
Antes de salir, me miró.
No había odio en sus ojos.
Solo una tristeza profunda.
—Algún día entenderás lo que significa amar demasiado a un hijo.