Amelia no solo me estaba presionando a mí. Les había mentido a sus propios padres. Les había vendido la ilusión de que mi casa ya estaba casi abierta para ellos. Los había puesto a soñar con un hogar que nunca les ofrecí.
—Doña Marta —le dije con toda la suavidad que pude—, lamento mucho decírselo así, pero eso no es verdad. Yo nunca les ofrecí la casa. Su hija me lo propuso y yo me negué.
Hubo un silencio largo. Luego escuché un suspiro quebrado.
—Ay, Dios mío…
—No tengo nada contra ustedes. Pero no voy a vivir con nadie. Y siento mucho que les hayan dado falsas esperanzas.
Cuando colgué, llamé de nuevo al doctor Salinas.
—Ya no es solo presión. También hay engaño a terceros.
—Eso agrava todo —dijo—. Procedamos.
Durante los días siguientes se armó el expediente final. Salinas incorporó mis registros, preparó las actas y activó el mecanismo. La casa fue transferida legalmente a la fundación. Yo conservé, por supuesto, el derecho de uso vitalicio y exclusivo, bajo condiciones que me protegían incluso de futuras presiones. Nada de eso tenía fisuras.
Luego vino la parte que Amelia jamás imaginó.
El abogado envió una carta formal a Lorenzo y a Amelia citándolos a su despacho el viernes siguiente, por “asuntos patrimoniales relativos al señor Joaquín Vargas”. No dio detalles.
Lorenzo me llamó apenas la recibió.
—Papá, ¿qué pasa? ¿Por qué nos cita un abogado?
—Ve y te enteras ahí —respondí.
—¿Tiene que ver con la casa?
—Sí.
—¿Estás enfermo?
—No.
—Entonces explícame.
—Nos vemos el viernes.
Llegaron puntuales. Yo ya estaba ahí, sentado junto al ventanal, con las manos sobre el bastón aunque no lo necesitaba. Amelia entró segura, arreglada, con ese tipo de seguridad que tienen las personas acostumbradas a ganar mediante insistencia. Lorenzo venía nervioso.
Después de los saludos, Salinas fue directo.
—Les agradezco que hayan venido. Los he citado porque el señor Joaquín Vargas ha denunciado una serie de conductas de presión, manipulación e intento de disposición indirecta sobre su vivienda.
Amelia soltó una risa breve, incrédula.
—¿Perdón?
—Lo que escuchó, señora.
—Eso es absurdo. Nosotros solo queríamos ayudar a mis papás.
Salinas abrió la carpeta. Sacó documentos. Mensajes. Notas. Copias de los planos. Mi registro de fechas.
—Aquí constan múltiples intentos de presión sobre mi cliente para permitir la residencia permanente de terceros en su domicilio. También consta que usted elaboró proyectos de redistribución interna de la casa, cálculos de gastos y propuestas de convivencia sin consentimiento del propietario.
Lorenzo empezó a palidecer.
Amelia intentó recomponerse.