El silencio de la casa era sofocante. Miré la foto de Ricardo en la repisa. Sonreía cargando a Miguelito todavía bebé. Los dos con la playera de la selección mexicana en el estadio. Un día de felicidad, un día que nunca volvería. Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez. ¿Cómo iba a vivir sin mi hijo? ¿Cómo iba a despertar cada día sabiendo que él ya no estaba en este mundo? Fue entonces cuando lo escuché. Un sonido débil, ahogado, viniendo de la parte de atrás de la casa.
Toc, toc, toc. Dejé de respirar. ¿Quién tocaría a mi puerta a esta hora de la madrugada? Miré el reloj. 12:15. Toc, toc. Me levanté despacio. El corazón latiendo desbocado. Cada latido retumbaba en mis oídos como un tambor. Caminé hacia la cocina de donde venía el sonido. La puerta de atrás. Nadie usaba esa puerta. Daba al patio, siempre cerrada con dos candados. “Toc, toc, toc. ¿Quién está ahí?”, pregunté intentando sonar firme, pero mi voz salió trémula, débil. una voz débil, ronca, casi un susurro áspero, como si la persona tuviera la garganta lastimada.
Mamá, sentí un escalofrío recorrerme toda la espalda. Un escalofrío que empezó en la nuca y bajó hasta los pies. ¿Quién es?, pregunté de nuevo, ahora más fuerte. Mamá, soy yo, Ricardo. Mi sangre se heló. Todo mi cuerpo quedó paralizado. No podía ser. Beatriz acababa de decir que estaba muerto, cremado. ¿Cómo podía estar tocando a mi puerta? Ricardo mi voz salió temblorosa, incrédula. Eres tú de verdad. Por favor, mamá, abre la puerta. Estoy herido. Ya no aguanto estar de pie.
Mis manos temblaban tanto que apenas pude girar la llave en el primer candado. Intenté, fallé, intenté de nuevo. Finalmente lo logré. Luego el segundo candado. Mis dedos estaban entumecidos. Finalmente empujé la puerta despacio y lo que vi me hizo retroceder tambaleándome. Un hombre ensangrentado, apoyado en el marco de la puerta con una mano, la otra sosteniéndose el abdomen. Ropa rasgada, sucia de tierra y sangre seca, rostro golpeado, un ojo hinchado y morado, casi cerrado. Labios partidos. Pero lo reconocí.
Era mi hijo, mi Ricardo, vivo, respirando, gimiendo de dolor. Dios mío! Grité sosteniéndolo por los hombros antes de que cayera. Ricardo, ¿qué te pasó? ¿Quién te hizo esto? Casi se desplomó en mis brazos. Pesaba mucho. Usé toda la fuerza que tenía y que ni sabía que aún conservaba a mi edad para arrastrarlo hacia adentro. Cerré la puerta rápidamente, echando los dos candados de nuevo. Lo acosté en el suelo de la cocina lo más cuidadosamente posible. Corrí al baño, traje toallas limpias, regresé.
Comencé a presionar la sangre que aún salía de un corte profundo en su frente. “Mamá”, susurró agarrando mi mano con fuerza. Aún débil, su agarre era firme, desesperado. Ella ella intentó matarme. ¿Quién? Beatriz. ¿Fue Beatriz la que te hizo esto? Él asintió con los ojos llenos de dolor y algo más. Miedo. Mi hijo tenía miedo. Ella y su novio armaron todo el accidente. Fue todo planeado. Querían matarme, querían el dinero del seguro. Sentí que el mundo se derrumbaba de nuevo, pero esta vez no de tristeza, de rabia, de una rabia que nunca había sentido en mi vida.