Mi nuera llamó: “Tu hijo falleció hoy. No recibirás nada”. Pero él estaba a mi lado…

Beatriz, yo nunca pedí nada, nunca quise nada, solo quiero saber qué le pasó a mi hijo. Solo quiero entender cómo fue el accidente. Sufrió. Alguien estaba con él. No hay nada que entender, suegra. iba manejando solo. Perdió el control del coche, chocó con el árbol. El coche se quemó. Murió al instante. Fue rápido. No sufrió. Se acabó. Y ahora yo me encargo de todo. Soy la viuda. Tengo responsabilidades. Si quiere venir al entierro mañana, venga. Pero no haga escenitas.

No quiero dramas frente a su familia. Su familia. como si yo no formara parte de ella, como si 9 meses de embarazo, el parto, las noches en vela y el trabajo duro para sacar adelante a ese muchacho, yo sola no significaran nada. “Estaré allí”, respondí con voz temblorosa pero firme. “Me voy a despedir de mi hijo, con o sin tu permiso. Como quiera, el entierro es a las 10 en el panteón municipal. Adiós, suegra.” Y colgó. Así, sin más, como si solo me hubiera dado el reporte del clima, me quedé mirando el teléfono por varios minutos.

La pantalla se puso negra. Mi mano aún apretaba el aparato con fuerza. Las lágrimas empezaron a caer sin que me diera cuenta. Primero despacio, después como cascadas. Soyosos violentos sacudieron mi cuerpo. Mi hijo, mi Ricardo, el niño que crié sola después de que su padre nos abandonara cuando él tenía apenas 3 años. El hombre que siempre me llamaba los domingos, el padre dedicado que adoraba a Miguelito, muerto y ni siquiera pude despedirme, ni pude tomar su mano una última vez, ni pude decirle que lo amaba, pero algo no cuadraba.

Cuanto más lo pensaba, más mal parecía todo. La frialdad de Beatriz, la cremación demasiado rápida en menos de un día, el testamento que mencionó como si hubiera sido planeado. La forma en que dijo, “Usted no tiene derecho a nada”, como si estuviera saboreando esas palabras. Todo parecía calculado, ensayado, falso. Intenté llamar a Ricardo. Necesitaba escuchar su voz, aunque fuera solo en el buzón. El teléfono sonó, sonó, sonó. Nadie contestó. Llamé de nuevo, directo al buzón. Otra vez.

El mismo resultado. Otra vez. Nada. Me levanté con las piernas débiles y fui a la cocina a tomar agua. Mis manos temblaban tanto que derramé agua en el suelo. No me importó. Limpiaría después o no. ¿Qué importaba ahora? Mi cabeza daba vueltas. ¿Sería verdad? ¿De verdad mi hijo había muerto? ¿Y por qué Beatriz parecía tan satisfecha? No era tristeza lo que escuché en su voz, era alivio. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Volví a la sala y me senté de nuevo en la misma silla.