Pero estaba sonriendo.
Cruzó la sala, se arrodilló frente a mí y tomó mis manos.
—Es ella —dijo con la voz rota—. Es nuestra Solana.
Catalina soltó un sollozo tan profundo que me atravesó por dentro. Se arrodilló junto a él. Los dos me abrazaron. Esta vez yo no me quedé dura. Esta vez me rompí. Lloré como si me estuvieran sacando toda la nieve de los huesos. Lloré por la niña que fui, por la que sobrevivió en la chatarra, por la que había esperado una semana entera sintiéndose impostora en su propia vida.
No me iban a devolver.
Yo era su hija.
A partir de entonces, empezó el trabajo más difícil: aprender a vivir sin esperar el golpe.
Mi mano derecha sanó, aunque los dedos quedaron un poco encogidos por la cicatriz. Mi cuerpo ganó peso poco a poco. Mi cabello dejó de caerse a mechones. Pero mi voz siguió escondida. Los médicos dijeron que no debían presionarme. Que el lenguaje regresaría cuando el miedo entendiera que ya no tenía razón para quedarse.
Entré a la primaria meses después. No sabía leer bien, me costaba escribir y no hablaba con nadie. Pero dibujaba. Dibujaba con una desesperación que asombró a mi maestra de arte. Mientras otros niños pintaban volcanes o luchadores, yo llenaba hojas con mesas enormes repletas de comida: pozole, frijoles de olla, arroz rojo, tortillas infladas, platos humeantes que parecían promesas. Y siempre, al centro, una familia de tres.
—Pintas lo que más te hizo falta —me dijo una vez la maestra.
Tenía razón.
El tiempo comenzó a acomodar algunas grietas. Yo sonreía más. Dormía mejor. Incluso me atrevía a tomar de la mano a Catalina cuando salíamos al mercado. Pero el miedo no desaparece de un día para otro. Solo cambia de forma.
Una tarde, a finales de abril, el colegio cerró y Catalina no llegó a recogerme a la hora de siempre. Los minutos pasaron. Luego media hora. Después casi una hora. Los otros niños se fueron y la puerta empezó a vaciarse. Yo sentí que el mundo se inclinaba otra vez. El mismo vértigo. La misma certeza irracional: me abandonaron.
Cuando por fin frenó un taxi frente a la escuela, salté hacia atrás del susto. Bajó Mateo, pálido, sudoroso.
Me abrazó enseguida.
—Tranquila, mi amor. Tu mamá está bien. Solo tuvo un accidente pequeño en el taller. Vamos a verla.
Pero yo ya temblaba.
Llegamos a la clínica y corrimos por el pasillo. Catalina estaba sentada en una banca, con la mano vendada y manchada de sangre vieja. Se levantó apenas me vio. Sonrió, a pesar del dolor.
—Perdóname, mi vida —dijo—. Fue un corte tonto. No quería que te asustaras.
La miré fijamente. Ella estaba herida y aun así lo primero que hacía era consolarme. Nadie, jamás, me había puesto por encima de su propio dolor.
Algo se destrabó dentro de mí.
Me acerqué despacio, toqué el borde de la venda blanca y, antes de pensarlo demasiado, pronuncié mi primera palabra en años.
—Mamá.