Y entonces la línea murió.
Un pitido largo me atravesó el oído.
Se había terminado el peso.
Me quedé quieta, con el auricular pegado a la cara, escuchando el vacío.
No recuerdo cuánto tiempo pasó. Sé que salí de la cabina y me acurruqué en los escalones helados de la oficina de correos. La nieve seguía cayendo, deshaciéndose sobre mis pestañas. Yo ya casi no sentía nada. Ni el brazo. Ni los pies. Ni el cuerpo entero. Solo el eco de aquella voz llamándome mi niña.
Al amanecer, el rechinar de una cortina metálica me despertó.
Un hombre mayor, envuelto en un abrigo grueso y una bufanda de cuadros, abrió la sucursal. Al verme ahí tirada, dio un paso atrás. Primero frunció el ceño, como si fuera a echarme por mendiga. Luego su mirada bajó a mi brazo vendado con un trapo congelado, rojo e hinchado bajo la escarcha.
Se arrodilló.
—Virgen santísima… —murmuró—. ¿De quién eres, pequeña?
Yo no contesté. Saqué de dentro de mi ropa el cartel arrugado y se lo extendí con la mano sana.
El hombre lo leyó. Luego me miró la cara. Después el cartel otra vez. Sus ojos se abrieron de golpe.
No hizo más preguntas.
Me levantó con cuidado, como si yo fuera de vidrio, y me llevó adentro. El calor del radiador me dolió tanto que quise apartarme. Él me sentó en una silla, me cubrió con una cobija militar y me puso enfrente una taza de agua caliente con azúcar. Yo no podía sostenerla bien. La mitad se derramó sobre mis rodillas.
—Tranquila, hija, tranquila —dijo.
Marcó el número del cartel desde el teléfono del mostrador. Habló poco. Dio la dirección. Repitió el nombre del pueblo. Miró varias veces hacia donde yo estaba. Finalmente colgó y se acercó.
—Ya vienen por ti.
No supe si creerle. Me quedé dormida sentada, vencida por la fiebre. Soñé con una mano de mujer que me acariciaba el pelo sin pegarme. Soñé con un plato hondo de caldo humeante y tortillas calientes envueltas en un trapo limpio. Soñé con una puerta que esta vez sí se abría para dejarme entrar.