Mi madrastra me lanzó a la nieve para borrarme del mundo, pero entre fierros oxidados hallé el cartel de una niña desaparecida con mi mismo rostro… y ese papel arrugado abrió la puerta al abrazo que me devolvió la vida…

Seguí leyendo, moviendo los labios porque me costaba comprender tan de prisa.

Tiene un lunar oscuro detrás de la oreja derecha y una pequeña marca de nacimiento en el antebrazo izquierdo.

Mi corazón dio un tirón.

Me palpé detrás de la oreja. Ahí estaba el lunar. Uno que Ignacia había llamado siempre “mancha de bruja”. Luego miré mi antebrazo izquierdo bajo la costra de mugre. Froté con saliva. La marca apareció, tenue, pero inconfundible, como una nubecita alargada.

Sentí una cosa extraña. No alegría. No todavía. Más bien vértigo.

Busqué entre la basura un trozo de espejo roto. Al inclinarlo hacia la luz, vi mi cara sucia, demacrada, con los labios partidos y las ojeras moradas. Pero también vi los mismos ojos del cartel. Las mismas cejas. La misma forma de la frente.

Abajo, en letras grandes, estaba el número telefónico. Y una recompensa que para mí no significaba nada. El dinero era una idea lejana. Yo solo entendía otra cosa: si de verdad era esa niña, había alguien buscándome. Alguien que tal vez no me golpearía por tocar una olla. Alguien que quizá, solo quizá, me daría sopa sin insultos.

Rebusqué en el bolsillo escondido de mi pantalón. Ahí guardaba mi tesoro más importante: una moneda de un peso, sucia, gastada, que me habían dado unas semanas antes por cargar leña. La cerré tan fuerte dentro del puño que me dejó la marca en la palma.

Salí del tambor tambaleándome.

La cabina telefónica estaba frente a la oficina de correos, a unas calles del centro. El trayecto me pareció eterno. Más de una vez caí de rodillas en la nieve. Más de una vez pensé en volver al tambor y dejarme dormir. Pero seguí avanzando, arrastrando la pierna derecha y apretando el cartel contra el pecho como si fuera una estampita milagrosa.

Cuando llegué, la cabina estaba desierta y el vidrio roto dejaba entrar el viento. Tuve que apilar dos ladrillos para alcanzar la ranura. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae la moneda. Al final la metí. Escuché su golpe metálico caer dentro del aparato. Marqué el número con la uña morada del índice.

Un tono.

Dos tonos.

Al tercero, una mujer contestó.

—¿Bueno? ¿Quién habla?

Su voz estaba deshecha. No ronca por sueño ni por edad, sino rota por años de llorar.

Yo abrí la boca.

Nada.

Intenté de nuevo.

Mi garganta se cerró como siempre. Solo salió una respiración agitada, un jadeo pequeño, animal, asustado.

Hubo un silencio de un segundo.

Luego, al otro lado de la línea, la mujer soltó un sonido que no he olvidado nunca. Fue como si un corazón se partiera de golpe.

—¿Solana? —susurró, y enseguida gritó—. ¿Solana, eres tú? ¡Mi niña, por favor, háblame! No me hagas esto, mi amor. Dime dónde estás. Dime algo. Lo que sea.

Las lágrimas empezaron a caerme calientes por las mejillas congeladas. Apreté el auricular con tanta fuerza que me dolieron los dedos. Quise decir mamá. Quise decir ven por mí. Quise decir tengo frío. Pero el miedo, el dolor y los años de silencio pesaban demasiado.