Vendí la mitad del ganado, dejé el rancho en manos de Don Julián —el mismo caporal que trabajó con Rodolfo veinte años— y me quedé solo con dos caballos: Canela y Corazón, que fueron a una pequeña pensión ecuestre a las afueras de Tapalpa. El rancho dejó de ser una obligación y volvió a ser un recuerdo digno.
Con el dinero de la casa de Bucerías, parte de las inversiones y una serenidad nueva que parecía prestada por otra mujer más sabia, compré una casa modesta en Tapalpa.
Dos recámaras, una cocina amplia, un patio con bugambilias y un pedazo de tierra suficiente para plantar jitomate, hierbabuena y chile serrano. Desde la terraza se veía la neblina bajar por los pinos al amanecer. El aire olía a leña. Las tardes se llenaban de campanas y pan recién hecho. Era una casa sin pretensiones, y por eso mismo me quedó perfecta.
Al principio, Sofía y Diego iban y venían según lo dictaban los abogados y la escuela. Luego, cuando el divorcio se volvió más áspero y Alfonso empezó terapia de verdad, pasaron más tiempo conmigo. No por drama. Por estabilidad. Por rutina. Porque conmigo desayunaban a la misma hora, hacían tarea en la mesa de la cocina, dormían sin escuchar gritos detrás de la puerta.
Los niños florecen rápido cuando el miedo deja de ser el clima de la casa.
Sofía empezó a leer novelas de aventuras y a escribirme papelitos donde decía que de grande quería tener un huerto y cinco perros. Diego aprendió a distinguir la albahaca de la menta y a veces salía al patio con el dinosaurio en una mano y la regadera en la otra, convencido de que las plantas crecían más si uno les contaba secretos.
Alfonso cambió más despacio.
La culpa pesa. Pero no siempre corrige.
Hubo semanas en que llegaba a verme con la cara desencajada, los ojos hundidos y una humildad que yo nunca le había conocido. Hubo otras en que retrocedía, se justificaba, se llenaba de prisa o vergüenza y prefería hablar del clima antes que del daño. Yo no lo forcé. La terapia y la vida se encargaron.
Un sábado, meses después, se quedó conmigo en la cocina mientras los niños dormían la siesta. Yo estaba haciendo frijoles maneados y él picaba cebolla, mal y lento.
—Toda la vida pensé que ser buen hijo era no darte problemas —me dijo de pronto.
No levanté la vista del sartén.
—Y para no darme problemas, me los diste distintos.
Sonrió sin alegría.
—Sí.
Siguió picando.
—También pensé que mantener la paz era suficiente. Que si nadie gritaba, todo estaba bien.
—A veces el silencio hace más daño que el grito.