Sonia respondió: “Esto es construir un legado. Bien hecho, hijo”.
24 de diciembre, un año después.
Sonia estaba en la cocina de su verdadero departamento, en un barrio residencial. No el penthouse, no una mansión. Solo un hogar cómodo, lleno de luz, con fotografías de Anthony en las paredes y el aroma de pavo al horno llenando cada rincón.
Mateo llegó a las 5 de la tarde con dos bolsas de comida.
“Vine a ayudarte con la cena”, dijo.
“¿Sabes cocinar ahora?”, respondió Sonia, alzando una ceja.
“Rosa me enseñó lo básico. No me pongas a cargo de nada complicado, pero ya puedo pelar papas sin cortarme”.
Trabajaron juntos. Mateo, pelando verduras. Sonia, preparando la salsa. El radio tocaba villancicos.
“¿Cuántos van a venir?”, preguntó Mateo.
“12. Jaime y su familia. Raquel, Andrew, Rosa, tu abuela, Carol, algunos empleados de la empresa y Lucas y su familia. Los invité”.
Mateo sintió un nudo en la garganta.
“Mamá, es una cena familiar”.
“Sí”, dijo simplemente. “Y la familia no siempre es de sangre. A veces es la gente que construye contigo”.
La cena, 8:30 de la noche.
La mesa era más pequeña que el año anterior. No había vajilla fina ni copas de cristal. Solo platos desparejados, vasos comunes y comida hecha con amor. Pero la conversación era real, las risas eran genuinas.
Y cuando Lucas le mostró a Mateo un dibujo que había hecho, un edificio alto con la palabra esperanza arriba, todos aplaudieron.