Ella anotó algo sin mostrar emoción.
Finalmente habló Sonia por primera vez en 45 minutos.
“Mateo, una pregunta personal”.
Todos en la sala se tensaron.
“¿Por qué este proyecto? ¿Por qué ahora?”
Mateo la miró. 6 meses de dolor, aprendizaje y crecimiento cabían en ese silencio.
“Porque hace 6 meses lo perdí todo. Mi casa, mi coche, mi matrimonio, mi orgullo. Y en ese proceso descubrí algo. Vivir en un departamento de 850 pesos en la colonia obrera, subir ocho pisos sin elevador todos los días, cocinar sopas instantáneas porque es lo único que puedo costear… eso me enseñó más sobre arquitectura que 5 años de universidad”.
“¿Cómo?”, preguntó Sonia.
“Porque entendí que los edificios no son para impresionar, son para vivir. Y que las personas que más necesitan una vivienda digna son justamente las que menos acceso tienen a ella. Este proyecto existe porque viví lo que ellos viven”.
“¿Y por qué mi padre?” La voz le tembló.
“Me enseñó que las manos que construyen importan más que los papeles que firman”.
Sonia cerró su libreta. “Gracias, Mateo. Tomaremos una decisión y te informaremos dentro de 48 horas. Es todo. Puedes retirarte”.
Mateo recogió su laptop, sus papeles, su portafolio desgastado. Caminó hacia la puerta con la mano sobre la perilla. Se detuvo.
“Presidenta Vega”.
“Sí”.
“Independientemente de la decisión que tome, gracias por cada lección, incluso las que duelen”.
Salió sin esperar respuesta.
La deliberación.
Cuando Mateo salió, Sonia permaneció sentada en silencio. Los ejecutivos esperaban su palabra.
“Opiniones”, dijo por fin.
Jaime fue el primero. “El proyecto es sólido. Los números son realistas y ha hecho su tarea. Pero el margen es muy bajo. Un error y perdemos dinero”.
Raquel asintió. “Legalmente todo está en orden. Los permisos son viables, los contratos están claros. Pero coincido, el riesgo financiero es alto”.
La ejecutiva que había cuestionado el margen habló. “Como inversión pura hay opciones mucho mejores. Pero”, vaciló, “como declaración de valores, como legado… esto es poderoso”.
Sonia miró por la ventana. Desde ahí se veía la torre latinoamericana, ese símbolo de resistencia y esfuerzo sostenido.
“Anthony”, susurró. “¿Qué harías tú?”