Mi hijo me gritó en la cara: “Paga la renta… o lárgate” lo hizo frente a veinticinco personas en la cena de Navidad mi nuera se burló: “A ver cómo sobrevives sin nosotros” hice mi maleta, me fui a mi verdadera casa… y corté la casa, el auto y cada peso que habían gastado a costa mía
Desde mi posición junto a la barra de la cocina abierta podía ver todo el comedor. Mateo estaba sentado en la cabecera con su camisa de lino blanca y ese reloj de lujo que Adriana le había regalado el año pasado. Le hablaba a su primo Alejandro sobre su último proyecto.
“Un edificio corporativo en avenida Reforma. Este mes ha sido una locura”, decía Mateo, gesticulando con la copa de vino. “El cliente está presionando durísimo con los tiempos, pero bueno, el sueldo de un arquitecto senior en la Ciudad de México no está nada mal. Es suficiente para mantener este lugar, el carro y todo lo demás”.
Adriana, sentada a su lado, sonrió con satisfacción. Llevaba un vestido rojo que probablemente costaba más que el salario mensual de una enfermera. Sus uñas, perfectamente cuidadas, brillaban mientras acariciaba el brazo de Mateo.
“Y aún así”, añadió Adriana, elevando un poco la voz para que todos escucharan, “las cuentas nunca paran. Esta casa, la decoración, mantener el estilo de vida… nada es gratis en esta ciudad”.
Varias cabezas asentaron. Mi tío Jorge carraspeó. “Tiene razón. Las rentas por aquí están imposibles. Mínimo 20 o 30,000 pesos al mes por un departamento decente”.
“Exacto”, dijo Mateo, enderezándose en su silla. “Por eso siempre digo que hay que trabajar duro. Nadie te regala nada en esta ciudad”.