Parte 3 :
La boda seguía en algún lugar de la ciudad, la vida seguía como si nada, y sin embargo yo estaba ahí con el regalo todavía intacto entre mis manos sintiendo que todo dentro de mí se partía en dos direcciones opuestas.
Podía quedarme y protegerme, guardar lo poco que me quedaba de orgullo, o podía ir no por ellos, no por él, sino por mí, para entender, para cerrar algo que nunca supe cómo empezar.
Me limpié las lágrimas, tomé el regalo y me puse el abrigo sin pensar demasiado, porque si lo pensaba, no iba a ir.
El camino fue largo de una forma extraña, con semáforos que parecían no cambiar nunca y pensamientos que no dejaban de repetirse, ¿y si era demasiado tarde?, ¿y si no me querían ver?, ¿y si nada cambiaba?
Cuando llegué al salón de eventos en Polanco, las luces seguían encendidas, la música también, y por un segundo dudé con la mano sobre la puerta antes de entrar.
Y en el instante en que lo hice, todo se detuvo. No la música, no la fiesta, sino las miradas que se giraron una a una hacia mí mientras el murmullo crecía como una ola contenida demasiado tiempo.
Al fondo estaba él. Mi hermano. Me vio. Y en sus ojos no había rabia ni vergüenza, solo miedo y una esperanza frágil que parecía sostenerlo apenas.
Di un paso, luego otro, hasta que llegué frente a él y el silencio se volvió absoluto. Aún sostenía el regalo.
Él quiso hablar pero no pudo, así que fui yo quien rompió el aire primero. “Podrías haberme dicho la verdad.” Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras asentía. “Lo sé…”
Hubo un silencio breve antes de que murmurara: “Tenía miedo de que te fueras si me veías como alguien normal y no como quien te debe la vida.”
Algo se rompió dentro de mí, pero esta vez no dolía igual.
Me acerqué un poco más hasta estar frente a él y sin decir nada más puse el regalo en sus manos. “Entonces empieza hoy.” Me miró perdido. “Deja de deberme algo.” Una lágrima cayó por su rostro. “Y solo… sé mi hermano.”
No respondió. No pudo. Porque en ese instante me abrazó como si hubiera esperado ese momento toda su vida.
Y mientras el aire volvía a entrar en el lugar, yo entendí que no todo estaba perfecto, pero por primera vez la verdad ya no nos separaba. Nos estaba reuniendo.