Mi hermana gemela era golpeada a diario por su marido maltratador. Mi hermana y yo intercambiamos identidades e hicimos que su marido se arrepintiera de sus actos.

No hubo gloria. No hubo justicia poética con violines de fondo. Hubo trámites, firmas, declaraciones, y al final una orden de restricción, el divorcio exprés por violencia familiar, la custodia total de Sofía y una indemnización negociada con los ahorros escondidos de aquella familia miserable y la amenaza de cargos más graves si seguían litigando. No era pureza. Era supervivencia con papeles sellados.

Tres días después regresé a San Gabriel.

Lidia me esperaba en el jardín interior, sentada bajo una jacaranda pequeña, con un uniforme limpio y el rostro menos tenso. Al verme llegar con Sofía, se llevó las manos a la boca. La niña dudó apenas un segundo antes de correr hacia ella.

El abrazo de las tres duró tanto que una enfermera tuvo la delicadeza de mirar hacia otro lado.

—Ya terminó —le dije.