María dijo con tono falsamente cálido. Me sorprende verte aquí. Pensé que ya habías aprendido a evitar situaciones que están por encima de tu posición actual. Cuidado, Jonathan, dijo Alejandro en voz baja. Mis abogados están grabando todo. La sonrisa de Jonathan se tensó. Solo estoy preocupado por una vieja amiga. María, seguro que no crees cualquier historia que Alejandro te haya contado sobre nuestro arreglo de negocios. La empresa de tu papá quebró porque él tomó malas decisiones, no por ninguna irregularidad de mi parte.
Así le llamas a desviar 2.7 millones de pesos del Fondo de Pensiones de los empleados, preguntó María con calma. El silencio que siguió fue absoluto. La cara de Jonathan se puso blanca y sus abogados empezaron a susurrar frenéticamente entre ellos. “No tengo idea de qué estás hablando”, dijo Jonathan, pero su voz ya no tenía la seguridad de antes. Alejandro deslizó una carpeta gruesa sobre la mesa. Registros bancarios, correos electrónicos, documentos falsificados. Lo tenemos todo, Jonathan. Cada transferencia ilegal, cada informe manipulado, cada mentira que contaste para cubrir tus huellas.
Jonathan abrió la carpeta con manos temblorosas, poniéndose más pálido con cada página. Esto, esto es fabricado. No pueden probar nada de esto. Podemos y ya lo hicimos, dijo uno de los abogados de Alejandro con suavidad. El Ministerio Público está muy interesado en estos documentos, señor Asford. Lo contactarán más tarde hoy mismo. Tú destruiste a mi familia, dijo María con voz firme a pesar de la emoción que llevaba dentro. Destruiste los fondos de retiro de la gente, sus ahorros de toda la vida.