Pero el hombre que se levantaba a las tres de la mañana cuando tenía fiebre…
el que trabajaba doble turno para que yo pudiera estudiar…
el que nunca se fue…
Ese es mi padre.
Mi voz se quebró, pero no me detuve.
—Tú me diste la vida.
Él me enseñó a vivir.
Mi padre bajó la cabeza y se cubrió los ojos con la mano.
Nunca lo había visto llorar.
Mi madre empezó a temblar.
—Lucas… yo solo quería… arreglar las cosas…
Negué con la cabeza.
—No.
Querías volver cuando viste que ahora valgo algo.
Silencio.
Pesado.
Doloroso.
Definitivo.
Caminé hasta la puerta y la abrí.