No olía a encierro.
—¿Por qué nadie dijo nada? —pregunté sin volverme.
—Porque el poder compra silencio. Y porque eras una niña sin voz.
Sentí algo romperse dentro de mí.
No tristeza.
Rabia.
Diecisiete años creyendo que era indeseada.
Diecisiete años pidiendo perdón por existir.
—¿Y ahora qué? —susurré.
Don Ramón se levantó también.
—Ahora decides tú.
Esa frase fue más difícil de procesar que todo lo anterior.
Decidir.
Nunca había decidido nada.
Mi vida siempre fue reacción.
Silencio.
Supervivencia.
—¿Y si no quiero nada de esto? —pregunté.
Él asintió.
—También es una opción. Pero al menos será tu decisión.
Volví a mirar la fotografía de Isabel.
Mi madre.
Mi verdadera madre.
Sus ojos parecían hablarme desde el papel.
No había tristeza en su sonrisa.
Había determinación.