Mateo no perdió un segundo en discutir.
Me ayudó a sentarme en el coche con una delicadeza que contrastaba con el temblor duro que llevaba en la mandíbula.
Abrochó el capazo de Valeria y, antes de arrancar, hizo tres fotos.
Una a mi pelo arrancado en la sien.
Otra a la bolsa tirada en la banqueta.
Y una tercera a mis padres y a Daniela en la puerta del edificio.
Mi madre empezó a chillar que él no tenía derecho.
Pero Mateo ni la miró.
Condujo directo a urgencias del hospital donde me habían dado el alta la mañana anterior.
Allí, cuando la enfermera vio la tensión de la cicatriz y el estado en que llegué, pidió al médico que me revisara de nuevo.
El informe dejó por escrito “empeoramiento del dolor posquirúrgico por esfuerzo”, “tirón capilar con lesión superficial” y “episodio compatible con coacciones en paciente recién intervenida”.
Mientras me limpiaban y calmaban a Valeria, Mateo llamó a la policía.
Dos agentes tomaron declaración esa misma noche.
Yo hablé desde la cama, todavía con el pulso disparado.
Repetí exactamente las frases de mi madre, de mi padre y de Daniela.
Mateo entregó las fotos, el parte médico y los mensajes de mi hermana de días anteriores.
Donde insistía en que su hijo “merecía la mejor habitación de la casa” y que yo “solo estaba ocupando espacio”.
Cuando los agentes preguntaron por qué yo estaba recuperándome en casa de mis padres y no en la mía, Mateo respondió por mí.
Nuestro departamento seguía en reparaciones.
Y, como creí que con mis padres estaría acompañada, acepté ir unos días allí.
Lo que los agentes no sabían, y mi familia llevaba años fingiendo olvidar, era que ese departamento en Ecatepec tampoco era realmente de mis padres.