¿Cómo podía ella? En medio de tanta felicidad, soltar una bomba de veneno y de verdad. ¿Cómo podía ser el monstruo que le arrebatara a su hijo el momento más feliz de su vida? No podía, simplemente no podía. Después de la celebración, Alejandro, todavía con una sonrisa de oreja a oreja, pareció recordar de pronto el asunto pendiente. Qué notición. Tenemos que empezar a planear todo ya. Oye, mamá, con tanta emoción, ya ni me dijiste. ¿Qué te pasó en el brazo?
¿Estás bien? La pregunta ahora sonaba lejana, una nota discordante en una sinfonía de alegría. Isabel bajó la manga de su blusa, ocultando de nuevo la evidencia. La mentira le salió con una facilidad que la asustó. No fue nada, mi hijo. No te preocupes. Ayer con tanto ajetreo de las cajas para la fiesta, me tropecé yo sola en el pasillo y me pegué contra la pared. Pura torpeza mía. Ya sabes cómo soy. Estoy bien de verdad. Alejandro, ansioso por volver a los brazos de su prometida y a los planes de su boda, aceptó la explicación sin dudar.
Bueno, pero ten más cuidado. Sí, no me des estos sustos. Ahora ven, vamos a abrir una botella de champaña para celebrar. Valeria, que había observado todo el intercambio con ojos de halcón, se acercó a Isabel mientras Alejandro iba a la caba. Le dio un abrazo que se sintió como el de una boa constrictor. Ay, suegrita, casi me mata del susto. Tiene que fijarse más por dónde camina. dijo en voz alta. Y luego, en un susurro que solo Isabel pudo oír, leiceó al oído.
Muy buena decisión. La felicito por su inteligencia. Parece que después de todo, sí aprende. Se apartó sonriendo y fue a reunirse con su prometido, dejando a Isabel sola con su mentira, su dolor y la certeza aplastante de que había perdido su última oportunidad. La mentira sobre el moretón fue un punto de inflexión. Para Valeria fue la prueba definitiva de que tenía el control total. Había humillado a Isabel en público y en privado, la había agredido físicamente y la anciana no solo no había dicho nada, sino que había mentido para protegerla.
Esta sumisión envalentonó a Valeria de una manera aterradora. Se sintió invencible, intocable. Isabel ya no era una amenaza a la que había que neutralizar, sino un ratón con el que podía jugar antes de darle el golpe de gracia. Comenzó una campaña de tortura psicológica sutil y constante. Le escondía las gafas de leer a Isabel y luego la acusaba de ser olvidadiza cuando no las encontraba. Si Isabel estaba viendo su telenovela, Valeria entraba y cambiaba de canal sin querer.
Empezó a sembrar en la mente de Alejandro la idea de que su madre estaba perdiendo sus facultades. “Mi amor, me preocupa mucho tu mami”, le decía con el seño fruncido. El otro día me preguntó tres veces la misma cosa y anda dejando las llaves en cualquier lado. Creo que la edad le está empezando a pesar. Un día, Valeria estaba en la terraza hablando por teléfono con su amiga Brenda, la dueña de la boutique. Se quejaba amargamente. Es que no la soporto más, amiga.