Una tarde, Marta se acercó a él en el despacho.
—Señor, ya no puedo sola. Las niñas necesitan más ayuda. La casa es demasiado grande. ¿Puedo contratar a alguien más?
Guillermo ni siquiera levantó la vista del correo que estaba respondiendo.
—Contrate a quien necesite, Marta.
Tres días después, llegó Miriam.
Treinta años, originaria de Iztapalapa, estudiante nocturna de educación preescolar, criada por una madre devota y marcada por el duelo de haber perdido a su hermana mayor dos años antes. Desde entonces, además, criaba a su sobrino adolescente como si fuera propio. No tenía lujos, ni apellido importante, ni un currículum que impresionara a hombres como Guillermo. Pero conocía el dolor. Sabía cómo se veía una casa donde todos seguían respirando sin realmente vivir.
Guillermo apenas la vio una vez en el pasillo la primera semana. Ella cargaba sábanas limpias. Lo saludó con una inclinación leve de la cabeza. Él respondió con un murmullo y siguió de largo.
No le prestó atención.
Pero sus hijas sí.
Miriam no intentó curarlas. No les pidió palabras. No las llevó a terapia disfrazada de juego. No quiso arrancarles el dolor. Simplemente apareció todos los días.
Tendía sus camas. Doblaba su ropa. Ordenaba sus juguetes. Tarareaba boleros viejos y cantos de iglesia mientras trabajaba. Cuando las veía observándola desde la puerta, solo les sonreía como si su presencia fuera lo más normal del mundo.
En la primera semana, Mariana empezó a pararse en el marco de la puerta mientras Miriam arreglaba el cuarto. Luego llegó Elisa. Después Micaela.
En la segunda semana, Miriam llevaba una radio pequeña y bajita a la lavandería y cantaba mientras separaba calcetines diminutos y vestidos color bugambilia. Micaela se acercó un poco más para escuchar.
En la tercera semana, Mariana dejó un dibujo sobre una pila de toallas: una mariposa amarilla hecha con crayones.
Miriam la levantó como si fuera una obra de museo.
—Qué bonita te quedó, mi cielo —susurró, y la pegó en la pared junto a la lavadora.
Mariana no habló, pero sus ojos temblaron.