—Las verificaciones de bienestar no incluyen el registro sistemático de documentos financieros y testamentarios —dijo Julián.
Luego presentó el informe de Los Cedros, los documentos hallados en la caja de seguridad, parte de la carta de Rosa, y solicitó algo que cambió el aire del lugar:
—Pedimos que Bruno Herrera sea trasladado de inmediato a este tribunal para una evaluación psiquiátrica independiente. Si está incapacitado, quedará demostrado. Si no lo está, estamos frente a un fraude monumental.
Beatriz se levantó casi de un salto.
—Improcedente, su señoría. Sacar al señor Herrera de su entorno terapéutico podría ser profundamente desestabilizador.
La jueza la miró con frialdad.
—Si el diagnóstico es sólido, resistirá una evaluación forense.
Golpeó el mazo.
—Ordeno el traslado inmediato del señor Bruno Herrera y una evaluación independiente hoy mismo. Receso hasta las dos de la tarde.
El caos empezó en silencio. Un desorden de miradas, llamadas rápidas, abogados hablando en susurros tensos. Valeria se levantó de golpe y salió hacia el pasillo.
Diego, que había estado sentado dos filas atrás, me hizo apenas una seña.
Yo entendí.
Durante el receso, Valeria me alcanzó cerca de los baños del segundo piso. Ahí donde el murmullo del tribunal se vuelve eco y la gente cree que la intimidad existe.
—¿Qué crees que estás haciendo? —me dijo entre dientes.
Ya no sonaba amable. Sonaba furiosa.
—Recuperando a mi hijo.
—Tú no entiendes nada. Bruno nunca supo manejar lo que tenía. Nunca tuvo la ambición necesaria. Yo hice lo que había que hacer.
—Lo empujaste.
Sus ojos se abrieron apenas. Un instante minúsculo. Suficiente.
—Se cayó porque era débil. Y tú… —dio un paso hacia mí—. Tú debiste firmar lo que te puse enfrente. Debiste quedarte quieto, viejo necio. Me estás obligando a destruirte.
Habló tres minutos. Quizá menos. Pero fue suficiente.
Diego estaba a pocos metros, fingiendo revisar su celular. Grabó cada palabra.
A las dos, las puertas volvieron a abrirse.
Dos enfermeros entraron con una silla de ruedas.
En ella venía Bruno.
Mi hijo.
No había manera de prepararse para eso.
Se veía agotado, sí. Delgado, demasiado pálido, con la barba recién cortada a toda prisa. Pero sus ojos estaban vivos. Completamente vivos. Cuando me encontró entre la gente, el aire volvió a entrarme al pecho por primera vez en años.
Lo pasaron a una sala contigua para la evaluación forense.
La espera duró cuarenta y tres minutos.
Cuarenta y tres minutos en los que pude escuchar mi propio pulso, los murmullos de los presentes y, en mi memoria, la voz de Rosa repitiéndome que no me conformara con respuestas cómodas.
Finalmente entró el doctor Álvaro Roca, psiquiatra forense del tribunal. Llevaba un informe en la mano y la serenidad de los hombres que saben que los hechos son más duros que cualquier discurso.
—He evaluado al señor Bruno Herrera —dijo—. Mi conclusión profesional es inequívoca: el señor Herrera se encuentra orientado en persona, tiempo y espacio; conserva memoria, juicio, lenguaje, comprensión y capacidad decisional dentro de parámetros normales. No hay base clínica alguna para sostener la tutela total vigente. Su permanencia en la residencia Los Cedros no tiene justificación médica legítima.
Hubo un estallido de murmullos.
Beatriz intentó objetar.