PARTE 2
Julia se asomó por la ventana, ocultándose detrás de 1 pesada cortina de terciopelo desgastado. Afuera, de 1 camioneta Ford oxidada, bajó 1 hombre corpulento de unos 60 años, vestido con 1 traje de charro impecable y botas de piel de cocodrilo. A su lado, 1 matón armado con 1 rifle vigilaba el perímetro. Gustavo, arrastrando los pies y apoyándose en 1 bastón de madera, salió al balcón sudando profusamente.
—¡Ahijado querido! —exclamó el hombre mayor con 1 sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Te veo peor que hace 1 semana. Esa enfermedad te está consumiendo, muchacho.
—Tío Ramiro… —murmuró Gustavo, tosiendo 2 veces y llevándose 1 pañuelo a los labios—. Sigo tomando las gotas que me mandaste desde la capital, pero la debilidad no me suelta.
—Es cuestión de tiempo, Gustavo. Los doctores dijeron que era incurable. Vengo a traerte otros 2 frascos de la medicina y a insistir en el papeleo. Eres el único hijo de mi difunto hermano. Si me firmas las escrituras de las 500 hectáreas, yo me encargaré de tus gastos médicos hasta tu último aliento. No puedes administrar este monstruo de hacienda tú solo.
Julia, desde las sombras, sintió que le hervía la sangre a 100 grados. El propio tío de Gustavo, la única familia que le quedaba, le estaba suministrando el veneno para robarle sus tierras, justificando todo con 1 falsa enfermedad. El recuerdo del olor a estramonio en los frascos la golpeó con fuerza. Gustavo, cegado por la lealtad familiar y el agotamiento físico, extendió la mano para recibir el paquete, prometiendo revisar los documentos en 3 días.
En cuanto la camioneta desapareció dejando 1 estela de polvo, Julia corrió hacia el pasillo. Tomó los 2 frascos nuevos que Gustavo había dejado sobre la mesa de centro y los escondió dentro del bolsillo de su delantal. A partir de esa noche, la viuda inició 1 guerra silenciosa. En lugar de darle las gotas de Ramiro, Julia comenzó a prepararle infusiones de cuachalalate, té de manzanilla y caldos ricos en ajo y 3 tipos de chiles para limpiar su sangre. Cuando Gustavo exigía su medicamento, ella le daba 1 mezcla inofensiva de agua con azúcar quemada para simular el sabor amargo.
Pasaron 15 días exactos. El cambio fue un milagro terrenal. El veneno abandonó el cuerpo del hacendado. La fiebre de 39 grados desapareció por completo en la mañana del día 7. Para el día 10, Gustavo ya no necesitaba el bastón. El color regresó a sus mejillas y la fuerza a sus brazos. 1 mañana, Julia estaba en la cocina amasando 2 kilos de masa de maíz para hacer tortillas frescas, con los brazos enharinados y el rostro enrojecido por el calor del comal. Gustavo apareció en el umbral, erguido, con los hombros anchos y 1 brillo de vitalidad en sus ojos oscuros que Julia nunca había visto.
—Ya descansé suficiente por 1 vida entera —dijo él, con la voz profunda y clara, libre de la ronquera—. La cerca del pastizal sur está caída. Tenemos 10 vacas sueltas. Voy a repararla.
—Usted aún está en recuperación —replicó Julia, secándose las manos en 1 trapo—. Iré con usted. Solo puedo cargar 1 poste a la vez, pero lo ayudaré.
Esa tarde trabajaron bajo el sol inclemente. Gustavo estiraba el pesado alambre de púas mientras Julia sostenía las pinzas. En 1 mal movimiento, el alambre se soltó y rasgó el brazo de Julia, dejando 1 línea de sangre de 5 centímetros. Gustavo soltó la herramienta, acortó los 2 pasos que los separaban y tomó la mano de la viuda con 1 delicadeza que contrastaba con su aspecto rudo. Sus dedos callosos rozaron la piel lastimada. Estaban a 10 centímetros de distancia. Julia podía sentir la respiración de él, cálida y rítmica. En esos 30 segundos de silencio absoluto, rodeados por la vasta naturaleza de Jalisco, la barrera entre patrón y empleada se desmoronó por completo.
—Gracias a ti sigo vivo, Julia —susurró él, mirándola fijamente.
—Usted me dio 1 hogar cuando el mundo me cerró 100 puertas —respondió ella, sin apartar la mirada.
Pero la paz duró apenas 48 horas. A la mañana siguiente, el sonido violento de 3 motores rompió la calma de la hacienda. Ramiro había regresado, esta vez acompañado de 4 hombres armados, un notario corrupto y 1 mirada de triunfo. Venía decidido a forzar la firma o, de ser necesario, a declarar a su sobrino mentalmente incapaz para administrar la propiedad.
Ramiro pateó la puerta principal, esperando encontrar 1 moribundo en la cama. En su lugar, encontró a Gustavo de pie en el centro de la sala, con 1 camisa limpia, el pecho erguido y 1 rifle de cacería calibre 22 apoyado casualmente en su hombro. A su lado, firme como 1 roca, estaba Julia.
—¿Qué significa esto, Gustavo? —tartamudeó Ramiro, retrocediendo 1 paso, con la cara pálida por el terror de ver a su víctima sana y salva.
—Significa que la tierra de mi padre no se vende, Ramiro. Y mucho menos al hombre que lleva 6 meses intentando asesinarme.
El tío soltó 1 carcajada nerviosa y miró a sus matones.
—¡La enfermedad te pudrió el cerebro! Estás delirando. Tráiganme los papeles, este hombre no está en sus cabales. ¡Incluso metió a 1 cualquiera a vivir aquí!
Fue entonces cuando Julia dio 2 pasos al frente. Llevaba en sus manos 1 canasta de mimbre. Con 1 movimiento rápido, arrojó sobre la mesa de caoba los 5 frascos de medicina, acompañados de 1 manojo de plantas de estramonio seco que había recolectado del basurero del pueblo.
—Conozco la hierba del diablo cuando la veo —dijo Julia, con la voz resonando como 1 trueno en la habitación—. Usted disfrazó este veneno para que pareciera medicina. He guardado las pruebas por 2 semanas. El comisario del estado de Jalisco llegará en 20 minutos; yo misma le entregué 1 carta al lechero esta mañana para que lo trajera.
El rostro de Ramiro se desfiguró por la rabia y el pánico. Sabía que las pruebas botánicas y los análisis de sangre lo enviarían a prisión por 40 años.
—¡Tú me quitaste todo! —gritó Ramiro, escupiendo las palabras con odio—. ¡Yo construí esta hacienda con mi hermano! Cuando él murió hace 10 años, ¡esto debió ser mío! ¡Yo provoqué ese accidente en el barranco para heredar, no para que 1 mocoso se quedara con mi imperio!
El silencio que siguió fue escalofriante. La confesión involuntaria flotó en el aire pesado de la sala. Gustavo sintió que el corazón se le detenía. El hombre que lo había criado no solo intentó matarlo, sino que fue el asesino de sus padres 10 años atrás. La traición desgarró el alma del hacendado, pero la furia lo hizo levantar el rifle en 1 fracción de segundo, apuntando directamente al pecho de su tío.
Los 4 matones, al escuchar la confesión de doble homicidio y saber que las autoridades federales estaban a 10 kilómetros de distancia, bajaron sus armas lentamente y salieron corriendo hacia 1 de las camionetas, abandonando a su jefe.
—No lo hagas, Gustavo —pidió Julia, poniendo 1 mano suave sobre el cañón del arma—. Si aprietas el gatillo, perderás tu libertad y él ganará. Que pague cada 1 de sus crímenes pudriéndose en 1 celda de máxima seguridad.
Gustavo miró a Julia. Vio en sus ojos 1 amor y 1 lealtad que nunca había experimentado en sus 35 años de vida. Lentamente, bajó el arma. Minutos después, 2 patrullas levantaron 1 nube de polvo en la entrada, llevándose a Ramiro esposado y gritando maldiciones al viento.
Esa noche, la hacienda ya no se sentía como 1 tumba inmensa. El fuego crepitaba en la chimenea, iluminando los rincones que antes estaban oscuros. Gustavo se acercó a Julia, quien observaba las llamas, y la tomó de la cintura, atrayéndola hacia su pecho.
—Llegaste a mi puerta buscando 1 refugio, Julia. Pero fuiste tú quien salvó mi vida, mis tierras y mi alma. No quiero que seas mi empleada ni 1 día más.
Ella levantó el rostro, dejando que 1 lágrima de genuina felicidad rodara por su mejilla.
—Tampoco quiero irme nunca de tu lado. Esta es nuestra casa ahora.
Se besaron bajo el manto de estrellas que cubría el cielo mexicano, sellando 1 pacto de amor inquebrantable. Las 500 hectáreas de dolor se habían transformado en 1 imperio de esperanza. Habían derrotado la avaricia, y a partir de ese momento, 2 almas solitarias construirían 1 legado eterno, demostrando que incluso en la tierra más árida, el amor verdadero siempre encuentra 1 manera de florecer.