Lucía no durmió esa noche.
El viento seguía soplando afuera, golpeando las piedras del pequeño refugio como si quisiera advertirle que algo no estaba bien. El anciano respiraba con dificultad, pero seguía con vida. Cada tanto murmuraba palabras incomprensibles, como si estuviera atrapado entre sueños y recuerdos.
Y ella… ella no podía dejar de pensar en lo que había dicho.
“Lo que llevo… es para ti…”
—¿Para mí por qué…? —susurró, abrazándose el vientre—. Si ni siquiera me conoce…
Pero en el fondo, algo le decía que aquello no era una simple confusión.
Cuando el sol volvió a salir, el anciano abrió los ojos.
Esta vez, su mirada estaba más clara.
—Pensé… que no lo lograría… —dijo con voz débil.
Lucía se acercó con cautela.
—No debería hablar mucho. Está muy débil.
El hombre la observó con detenimiento, como si estuviera confirmando algo que llevaba tiempo esperando.
—Dime… —murmuró—. ¿Tu nombre?
—Lucía.
El anciano cerró los ojos un segundo, como si ese nombre le doliera.
—Entonces… no me equivoqué…
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué es lo que sabe usted? —preguntó, más firme esta vez—. ¿Por qué dijo que… lo que lleva es para mí?
El hombre tardó en responder. Parecía estar reuniendo fuerzas.
—Porque… —respiró hondo—… porque tu historia… empezó mucho antes de que nacieras.
Lucía retrocedió un paso.
—No entiendo…
El anciano levantó una mano temblorosa, señalando el bolso viejo que llevaba colgado al costado.
—Ahí… —susurró—. Ábrelo…
Lucía dudó.
Ese bolso había estado con él desde que lo encontró. Era de cuero gastado, con costuras viejas, como si hubiera viajado por años.
Con manos inseguras, lo tomó.
—Si esto es alguna broma…
—No lo es —interrumpió él, con una seriedad que la dejó en silencio.
Lucía abrió el bolso lentamente.
Dentro había varias cosas: un pañuelo antiguo, unas monedas viejas… y una caja pequeña de madera.
Su corazón empezó a latir más rápido.
—¿Qué es esto…?
—Ábrela… —dijo el anciano.