—Brindo por haber abierto los ojos a tiempo. Brindo por mis papás, Carmen y Manuel Reyes, que me enseñaron que el respeto no se hereda: se ejerce. Y brindo porque esta farsa… se acabó.
Bebí un sorbo.
El champán sabía a metal, a libertad, a incendio.
Bajé el micrófono. Lo dejé sobre la mesa con un golpe seco.
Luego miré a Álvaro.
—El anillo.
No se lo pudo quitar. Le temblaban tanto las manos que parecía un niño tratando de abrocharse por primera vez una camisa. Sofía, sin pedir permiso, se acercó y se lo arrancó de un tirón. Él soltó un gemido corto.
Yo me quité el mío despacio.
Puse ambos sobre el mantel blanco, enfrente de doña Estefanía.
Dos círculos dorados, inútiles.
—La boda terminó —dije ya sin micrófono—. La cena, el grupo y el espectáculo corren por cuenta de la familia de la Torre. Disfrútenlos.
Tomé las manos de mis papás.
—Vámonos a casa.
Y sin volver a mirar atrás, caminé por el centro del salón entre dos hileras de invitados paralizados, con Sofía detrás de nosotros y Eva corriendo a alcanzarnos. Nadie dijo nada. Nadie se atrevió. Ni el sacerdote, ni el maestro de ceremonias, ni el hombre del mariachi que acababa de entrar sin entender por qué la fiesta se había convertido en funeral.
Al cruzar las puertas de madera de la hacienda, el aire de la noche me golpeó la cara.
Y sonreí.
No era una sonrisa de felicidad.
Era una sonrisa limpia.
III
El taxi avanzaba por Insurgentes con ese traqueteo irregular que tienen los coches viejos cuando ya vieron demasiada ciudad. Afuera, la noche de la Ciudad de México seguía haciendo lo suyo: vendedores recogiendo puestos, semáforos cambiando para nadie, motos que pasaban zumbando, parejas saliendo de restaurantes como si el mundo no se hubiera partido en dos hacía apenas una hora.