Sentí que la sangre me subía a la cabeza.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Hay frases que deberían prohibirse decirle a un hijo. Esa es una de ellas.
Mi padre se aclaró la garganta.
—Las cosas aquí ya no están funcionando. Hay demasiada tensión. Demasiados pleitos. Sebastián necesita tranquilidad, concentración. Tú… necesitas otra clase de atención.
—¿Otra clase de atención? —repetí, incrédulo—. ¿De qué están hablando?
—De que te vas a ir una temporada con tu abuelo —dijo mi madre, al fin, como quien informa de una cita con el dentista—. Ahí vas a estar mejor.
Me reí. No porque fuera gracioso. Me reí porque cuando algo te rompe por dentro, a veces el cuerpo hace el ruido equivocado.
—¿Una temporada?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que las cosas se calmen.
—¿Qué cosas? ¿Qué se calme qué? ¿Mi existencia?
Mi padre apretó la mandíbula.
—No me faltes al respeto.
—¿Faltarte al respeto? Me empacaron como si fuera un perro que van a regalar.
—No seas dramático —dijo mi madre.
No sé qué me dolió más: la maleta o esa palabra. Dramático. Como si el crimen fuera mi reacción y no lo que me estaban haciendo.
—¿Y Sebastián? —pregunté, con la voz ya rota—. ¿A él también lo van a mandar “una temporada”?
El silencio que siguió me contestó todo.
Sebastián, mi hermano menor, no estaba en la casa. Después supe que lo habían mandado con una amiga de mi madre para “evitarle el momento incómodo”. A mí me destrozaron la vida en la cocina. A él le protegieron la tarde.
—O sea que sí me están corriendo —dije.
Mi madre cruzó los brazos.
—No lo pongas así.
—¿Cómo lo pongo? Ayúdame. Porque maleta, ropa doblada, nadie me preguntó, ya hablaron con mi abuelo… ¿cómo se llama eso?
Mi padre miró la mesa.
Mi madre fue la que se atrevió.
—Rodrigo, entiéndelo de una vez. Aquí ya no funcionas. No encajas. Todo contigo es lucha, resistencia, discusión. No sirves para lo que esta familia necesita.
Se me fue el aire.