Nos quedamos frente a frente unos segundos.
Luego él habló primero.
—Hola.
—Hola.
—Gracias por dejarme venir.
—Te dije que la puerta estaba abierta.
Sonrió apenas.
En el camino a la casa hablamos de tonterías al principio. Del calor. Del tráfico. De lo feo que estaban los baños de la terminal. Cosas pequeñas. Cosas cobardes. Hasta que ya en la cocina, con dos tazas de café entre los dos, él tomó aire y soltó lo importante.
—Yo me acuerdo de esa noche.
Levanté la vista.
—Pensé que no.
—No me acuerdo de todo. Solo de que mamá me dejó en casa de la tía Laura y estaba rarísima. Cuando regresé, tú ya no estabas. Y nadie me explicó bien. Solo dijeron que estarías con el abuelo “porque era mejor para todos”.
—Eso dijeron.
Sebastián se quitó los lentes y los limpió con la orilla de la playera. Un gesto viejo de nervios que no le conocía.
—Durante años pensé que tal vez habías hecho algo grave. No sé. Robado. Golpeado a alguien. Lo que fuera. Porque no me cabía en la cabeza que unos padres… hicieran eso nomás porque sí.
No respondí.
—Luego crecí —siguió—. Y empecé a entender. Empecé a notar cómo hablaban de ti. Cómo usaban tu nombre como ejemplo de lo que no debía ser. Cómo mamá se ponía furiosa si yo hacía algo “parecido a Rodrigo”. Y me di cuenta de algo horrible.
—¿Qué?
—Que no te sacaron por malo. Te sacaron porque no podían controlarte. Porque tú sí les contestabas. Porque veías cosas que a mí me daba miedo ver.
Esa respuesta me dejó callado.
Nunca lo había pensado así, aunque en el fondo supiera que era cierto.
—Yo también te odié un poco cuando era niño —admitió de pronto—. Porque sentía que todo era más fácil cuando no estabas. La casa se quedó más tranquila. Mamá sonreía más. Papá se enojaba menos. Y tardé mucho en entender que esa tranquilidad estaba construida sobre haberte borrado.
No era una confesión cómoda. Precisamente por eso la creí.
—Tenías ocho años, Sebastián.
—Sí. Pero después tuve catorce, dieciséis, dieciocho… y tampoco hice nada.
Lo miré un largo momento.
—No eras tú quien debía arreglar lo que rompieron ellos.
Se le llenaron los ojos de agua y bajó la cara de inmediato, avergonzado.
—Yo no vine por dinero —dijo—. Te juro que no. Vine porque no quería pasarme la vida fingiendo que no sabía.
—Te creo.
Y lo decía en serio.
Ese fin de semana se quedó en la casa. Le enseñé el taller. Le mostré la libreta donde mi abuelo apuntaba fiado a los clientes de confianza. Le mostré la foto del funeral. Le mostré el patio donde lavaba la camioneta. Fuimos al panteón el domingo temprano.