—Vengo a ayudarte —dijo, sentándose sin permiso—. Por respeto a tu padre.
Pronunció “tu padre” como si estuviera hablando del clima, pero a Valeria se le apretó el pecho. Ramiro le explicó que, años atrás, don Esteban había comprado un terreno en los Pantanos de Centla, treinta hectáreas metidas en agua negra, lodo, mosquitos y silencio. Un sitio sin luz, sin camino, sin vecinos, con una cabaña vieja a medio caer. Su padre se lo había vendido antes de morir para pagar deudas médicas.
—Quiero devolvértelo —dijo Ramiro, dejando unos papeles sobre la mesa—. Sin condiciones. Un regalo.
Valeria miró los documentos y luego volvió a verlo a la cara.
No era un regalo.
Era una tumba.
Ramiro quería mandarla al corazón del pantano con una niña pequeña, a un lugar donde cualquier persona sensata se rendiría o se moriría. Y si ella decía que no, servicios sociales estaría encantado de encontrar una “familia estable” para Lupita.
Valeria cerró los ojos un segundo. Pensó en Marina. Pensó en la niña dormida. Pensó en esos tres días que se le escurrían de las manos.
Cuando volvió a abrirlos, dijo:
—Lo acepto.
Ramiro sonrió con una satisfacción apenas visible. Se levantó, acomodó el saco y se fue deseándole “suerte” con un tono tan falso que ni él mismo se lo creyó.
A la mañana siguiente, antes de que saliera bien el sol, Valeria y Lupita iban en una lancha vieja rumbo a los pantanos. Llevaban dos bolsas con ropa, unas fotos de don Esteban y Marina, el osito de Lupita y una caja con cuchillos de cocina que Valeria se negó a vender incluso cuando no tenía para la renta.
El viaje duró casi tres horas.
El mundo fue cambiando poco a poco. La ciudad quedó atrás, luego los caminos, luego cualquier rastro de ruido humano. Empezaron los manglares, los árboles retorcidos saliendo del agua oscura, el chillido de aves escondidas, el zumbido constante de insectos, el olor espeso a hojas podridas y sal. Lupita se pegó a ella cuando vio el primer cocodrilo asoleándose en un tronco.
—¿Aquí hay monstruos? —preguntó, con la voz temblando.
Valeria se obligó a sonreír.
—No, mi amor. Solo árboles… y animales que hay que respetar.
Cuando llegaron, la niña se echó a llorar.
La cabaña estaba peor de lo que imaginó. El techo vencido, las tablas abiertas, el muelle a punto de hundirse, telarañas por todas partes, ratas en el colchón húmedo, olor a moho y abandono. El lanchero aventó las bolsas, dijo que la lancha de abastecimiento pasaba cada dos semanas y se fue sin despedirse.
Valeria quería sentarse en el lodo y gritar. Pero Lupita la miraba con esos ojos redondos, llenos de miedo, esperando una mentira bonita que la ayudara a respirar.
Entonces se agachó, le limpió la cara y le dijo:
—Está feo, sí. Pero lo vamos a arreglar. Te lo prometo.
Y empezó.
Y esa primera noche, Valeria entendió que salir viva no iba a ser tan fácil.
Pero lo que no sabía…
era que alguien ya las estaba observando.