Y por primera vez en mucho tiempo, Clara pudo llorar sin miedo.
Las semanas siguientes trajeron una paz nueva al Rancho El Encino. El moretón desapareció poco a poco. Los sobresaltos nocturnos se hicieron menos frecuentes. Los niños volvieron a reír a carcajadas. Hortensia tarareaba mientras cocinaba. Hasta el aire parecía entrar más limpio por las ventanas.
Santiago también cambió. O quizá solo dejó ver lo que siempre había estado allí. Se permitía sonreír más. A veces se quedaba escuchando a Clara leer con Lupita. O ayudaba a Tomás con las cuentas aunque fingiera que no se le daban bien.
Una tarde, Clara encontró en la biblioteca un pequeño cajón abierto. Dentro había una cinta azul, descolorida por el tiempo. Santiago la cerró enseguida, pero ya era tarde.
—Era de mi esposa —dijo después de un silencio—. Murió hace cinco años, junto con mi hermana, por una fiebre que llegó al rancho en invierno. Desde entonces esta casa se quedó sin música.
Clara no supo qué decir.
Él la miró con una honestidad tan limpia que le dolió.
—Hasta que llegaste tú.
El otoño cubrió de oro los álamos del patio. Una noche fresca, Santiago invitó a Clara a cenar en la galería. Hortensia puso faroles. Los niños, cómplices felices, desaparecieron temprano con órdenes de no bajar “por nada del mundo”.
Clara se sentó sin saber por qué le temblaban las manos.
Santiago llevaba un traje limpio, pero el temblor verdadero estaba en él.
Se puso de pie frente a ella.
—Cuando llegaste aquí, necesitabas refugio —dijo—. Yo solo quería darte seguridad. Pero ahora quiero algo más, y sería una cobardía seguir callándolo.
Metió la mano al bolsillo y sacó una cajita pequeña.
Clara dejó de respirar.
Santiago se arrodilló.
—Quiero una vida contigo, Clara Morales. Quiero que este rancho también sea tu casa por elección, no por necesidad. Quiero que nunca vuelvas a caminar sola por un camino con miedo. ¿Te casarías conmigo?
Las lágrimas le llenaron los ojos antes de que pudiera sonreír.
—Sí —susurró—. Sí, Santiago.
Tomás y Lupita, que claramente habían estado espiando detrás de la cortina, salieron gritando de alegría. Hortensia se persignó y empezó a llorar más fuerte que Clara. Y Santiago, aquel hombre al que todos respetaban y muchos temían, sonrió con una felicidad tan honda que por un momento pareció más joven.