Contestó.
“¿Qué?” Su voz cambió en segundos. “¿Cómo que las cuentas están congeladas? Eso es imposible. Habla con el banco.”
Silencio.
Su rostro perdió color.
“¿TODAS?”
Colgó.
Antes de que pudiera decir algo, el teléfono de Diana empezó a sonar.
Luego otro.
Luego otro más.
La casa, que hacía un momento era un escenario de burla, se convirtió en una tormenta de llamadas.
“¿Qué está pasando?” gritó Diana, contestando una tras otra. “¿Cómo que los proveedores cancelaron contratos?”
Valeria revisó su celular.
Su cara palideció.
“Bruno… la empresa… las acciones… están cayendo. Esto no es normal.”
Yo seguía sentada.
Empapada.
Pero ya nadie veía eso.
Solo me veían a mí.
“Arturo es muy eficiente,” dije suavemente.
Bruno me miró como si estuviera viendo a una desconocida.
“¿Qué hiciste?” preguntó, con la voz apenas audible.
Incliné ligeramente la cabeza.
“No hice nada,” respondí. “Solo activé lo que tú firmaste.”
Y entonces llegó el golpe final.
La puerta principal se abrió.
Tres hombres y una mujer entraron.
Trajes impecables.
Miradas firmes.
El primero habló:
“Buenas noches. Representamos al consejo directivo de Grupo Altamira.”
El nombre cayó como una bomba.
Ese era el imperio.