Un puerto seguro mientras reorganizaba su vida. Mientras Carmen continuaba explicando, el teléfono de Daniela vibró en su bolsillo. Lo ignoró. vibró nuevamente y otra vez. “Puedes atender si es urgente”, dijo Carmen notando su incomodidad.
Daniela sacó el teléfono. Tres mensajes del banco. Recordatorio sobre la deuda de 200,000 pesos. Una deuda que no era suya, pero que llevaba su firma. “No es nada que no pueda esperar”, respondió guardando el teléfono y forzando una sonrisa.
Las primeras horas pasaron rápidamente. Daniela aprendió a usar la máquina de expreso, a servir los diferentes tipos de café, a manejar la caja. Trabajaba con precisión metódica, la misma que aplicaba a los informes financieros en su antiguo trabajo.
A media mañana, el café estaba lleno. Daniela se movía eficientemente entre las mesas, tomando órdenes, llevando bebidas, limpiando superficies. Su mente, siempre analítica, ya había identificado formas de optimizar el servicio, pero no era el momento de sugerir cambios, era el momento de demostrar que podía adaptarse.
La campanilla de la puerta sonó nuevamente. Daniela estaba limpiando una mesa cuando sintió una presencia diferente en el ambiente. Levantó la vista. Un hombre mayor entró al café. No era llamativo en el sentido convencional.
No vestía ropa ostentosa ni portaba accesorios lujosos, pero había algo en su porte, en la serenidad de sus movimientos que atraía la mirada. Cabello gris pulcramente cortado, traje sencillo, pero evidentemente bien confeccionado, ojos oscuros y observadores.
Daniela calculó que tendría unos 50 y tantos años. El hombre eligió una mesa junto a la ventana, la mesa más apartada desde donde podía observar todo el local. Daniela se acercó libreta en mano.
Buenos días, bienvenido a Café Luminare, dijo con profesionalismo. ¿Qué puedo servirle? Él la miró directamente a los ojos, no de la forma evaluativa a la que estaba acostumbrada con ejecutivos, sino con genuino interés.
“Buenos días”, respondió con voz grave y pausada. Un café americano, por favor, sin azúcar, simple, directo, sin complicaciones innecesarias. Enseguida asintió Daniela, girándose para preparar la orden. Mientras operaba la máquina de café, sentía la mirada del hombre sobre ella.
No era incómoda, como las miradas lascivas que a veces recibía. Era evaluativa, como si estuviera resolviendo un rompecabezas. Cuando le llevó el café, él cerró el libro que había comenzado a leer.
“Gracias”, dijo. Y luego añadió, “Eres nueva aquí.” No era una pregunta. “Es mi primer día”, confirmó ella. “Se nota,”, comentó él, pero antes de que Daniela pudiera sentirse ofendida, continuó, “No por torpeza, sino por precisión.
Observas cada detalle antes de actuar.” Daniela no supo qué responder. No esperaba ser vista de esa manera. La costumbre, dijo finalmente. Mi trabajo anterior requería atención a los detalles. ¿Y qué te trajo a un café?